Profesional Opinión

A vueltas con el modelo del World Tour

Con el fichaje sorpresa de Marc Hirschi por UAE a principios de temporada, se reavivaba un debate cada vez más presente en el ciclismo actual. ¿Hasta dónde llegará la brecha entre los equipos más ricos y el resto de las estructuras del WorldTour?

El auge de Jumbo-Visma y su nuevo trenecito aurinegro, lograba enfrentarse al todopoderoso imperio del Sky/Ineos en 2020. ¿Cuál ha sido la reacción del equipo de Brailsford? Seguir incorporando corredores de alta gama para construir una especie de all star ciclista. No en vano, la reciente publicación de sus líderes para las grandes vueltas ha hecho aún más patente el crisol de estrellas del conjunto británico. Al Giro con Bernal, Sivakov y Martínez; al Tour con Thomas, Tao y Carapaz; a la Vuelta con Adam Yates, Pidcock y lo que surja…

Ante estas “desigualdades”, muchos han sido los que han comenzado a proponer/exigir el límite salarial que tan asentado está en otros grandes deportes. Sin embargo, en un negocio tan inestable como el ciclismo, en el que la búsqueda de patrocinadores es el pan de cada día; ¿podemos permitirnos que patrocinadores tan potentes se vayan si se rompe su juguete? Es decir, ¿qué interés tendrían los magnates de Ineos, UAE o Jumbo-Visma en invertir en ciclismo si no pueden tener a los mejores con ellos?

El WorldTour auspiciado por la UCI ha buscado a lo largo de los años asentarse como una especie de Superliga ciclista, con resultados irregulares. Cada año vemos equipos sufrir por mantenerse, o desaparecer directamente, abriendo además un extraño juego de trasvase de patrocinadores o compras de licencias. El final de la pasada temporada nos ha traído casos de todos los colores, como los de Education First, Qhubeka o Intermarché-Wanty. Con estas reglas del juego, muy pocos equipos pueden garantizar contratos estables a sus trabajadores, ni competir con las grandes potencias. Así, no solo el potencial económico cobra protagonismo, si no también otros factores como la fidelización o la capacidad de garantizar x años de contrato.

Si nos vamos a un escalafón inferior, la situación es aún más dramática. El nuevo sistema de méritos, con el que la UCI busca premiar a los mejores equipos Profesionales Continentales, tampoco deja contentos a todos. ASO y RCS, empresas organizadoras de las tres grandes, ya han expresado su malestar con el nuevo sistema de invitaciones, consiguiendo ampliar a cuatro las wild cards. Los líderes de la clasificación UCI (que, como es lógico, suelen coincidir con los equipos de mayor presupuesto) tienen libertad para inscribirse en Giro, Tour y Vuelta, dejando al resto de equipos con pocos huecos en la parrilla. Muchos equipos arrancan la temporada con su viabilidad hipotecada en la presencia de una de estas carreras, y muchas veces el all-in se cae a las primeras de cambio.

Bien es cierto que las nuevas medidas anunciadas por la UCI suponen un intento acertado de mejorar el panorama. Entre ellas, se incluyen la ya mencionada ampliación de una invitación más para las grandes vueltas; o la flexibilización del número de corredores y equipos en el resto de pruebas.

La cuestión es, ¿queremos un modelo de franquicias tipo NBA, como ya sugirieron directores como Jonathan Vaughters? Garantizaría la viabilidad de unos pocos, fundamentándose especialmente en el reparto de ingresos, especialmente por televisión. Esto permitiría un mayor rigor en límites salariales o condiciones de promoción de los equipos. Sin embargo, encontraría el rechazo frontal de los organizadores y condenaría sin piedad al resto de carreras y equipos. Esto sí que sería matar al ciclismo tal y como lo conocemos.

En cambio, el modelo utópico, el que para los románticos como quien esto escribe, sería lo ideal, tampoco resulta muy viable en el mercado actual. Quién no desearía volver al modelo de equipos en aparente igualdad de condiciones, donde cada carrera tuviera su propia potestad para invitar a los equipos que fueran de su interés. Las categorías de los equipos (y de las pruebas) se establecerían por criterios objetivos de rendimiento, méritos y puntos, y la competición volvería a abrirse para todos. Ojalá fuera así, pero esto llevaría a una inestabilidad muy difícil de gestionar y exigiría una labor de control y promoción que nadie estaría dispuesto a ejercer actualmente.

En conclusión, ninguna solución dejaría satisfecho a todo el mundo, pero es hora de poner todas las opciones sobre la mesa. La UCI, los grandes organizadores, los equipos, los medios, deberían plantearse a dónde va este deporte. La crisis actual traerá consigo situaciones dramáticas para muchos equipos, profesionales y pruebas, que necesitarán un plan de viabilidad para los próximos años. Es hora de actuar.

Escrito por Víctor Díaz Gavito (@VictorGavito)
Foto: @ACampoPhoto

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