Historia Carreras

Amstel Gold Race 1997: Riis contra todos y todos contra Riis

Después de sorprender a propios y extraños un año atrás en el Tour de Francia, Bjarne Riis volvía a preparar la temporada 97 con el mismo objetivo, pero con más chance ante sus oponentes.

Para demostrarse así mismo que su preparación iba por el camino adecuado y enfundado en el maillot de campeón de su Dinamarca natal, eligió la carrera de la cerveza para probarse en un test para conocer su estado de forma.

Realmente, y a esas alturas de competición, ninguno de los a priori favoritos – corredores que se jugaban la clasificación de la desaparecida Copa del Mundo -, pensaba en que este calvo corredor de hombros fuertes y rostro agotado iba a meterles una paliza en su propio terreno.

La disputa de las clásicas suele ser especial. A no ser que exista un dominador muy claro, las carreras suelen ser víctima del descontrol y de numerosas fugas.

La Amstel Gold Race no es una clásica con el peso histórico de la Lieja-Bastogne-Lieja, el Giro de Lombardia o el Tour de Flandes. Tampoco concentra las mismas dificultades orográficas, pero es peligrosa y complicada para los corredores. Las carreteras son muy estrechas y dificulta el paso de los ciclistas, hay infinidad de curvas y cualquier percance puede impedir a los ciclistas lucahar por posiciones de privilegio. Por eso, no parece el escenario adecuado para que, teniendo en cuenta los tiempos corrientes, el candidato principal a reeditar el triunfo en el Tour de Francia realice una prueba para conocer cual es su estado de forma. El propio Rijs, era consciente del riesgo que corría, pero el prestigio de vencer en una carrera con esa entidad está, o debería estar, por encima de eso, y en gran medida, el propio ciclismo y la épica de este deporte exige ciertas dosis de ese riesgo para que las grandes gestas queden grabadas en la memoria de los aficionados.

Con 258 kilómetros por delante, la lluviosa mañana del 26 de abril de 1997 reunía a la créme de la créme del pelotón internacional. 29 cotas que escalar, y una lucha fraticid a punto de desencadenarse. Los ingredientes estaban en el plato, y ahora solo faltaba que los ciclistas pusiesen la sal y la pimienta.

Fabio Roscioli, Talen y Frederic Bessy buscan protagonismo desde el inicio, atacando desde lejos. Son conscientes de que no pueden luchar por la victoria en los últimos kilómetros, cuando los más fuertes desentierren el hacha de guerra, por eso, tratan de buscar la siempre complicada opción de sorprender al pelotón. Su porcentaje de éxito es reducidísimo. Tan solo en contadas logran su objetivo, cuando el pelotón se despista demasiado, como en la Paris-Tours de 2001 con triunfo para el irascible Richard Virenque. En la Amstel Gold Race de este año, sin embargo, el equipo que corre en casa, Rabobank, no está por la labor de dejarles soñar, y controlan la situación en todo momento. Los favoritos con Jalabert, Sorensen, Bartoli y Museeuw a la cabeza ruedan compactos, escondiendo sus cartas y tratan de pasar desapercibidos entre la lluvia holandesa. El francés de la ONCE es un rival al que todos temen. Lleva una temporada espectacular, y su victoria a lo grande en la Flecha Valona por delante de Luc Leblanc, todavía está latente en la mente de sus rivales. Lo mismo sucede con Bartoli, cuya demostración de poderío unos días después, y precisamente derrotando a Jaja y a su compañero Zulle – aunque éste último termina hundiéndose después de colaborar activamente en la fuga -, en La Doyenne, le otorga el liderato en la Copa del Mundo que poseía el belga Johan Museeuw.

Pero en el duro muro de Cauberg, y a falta de algo menos de 60 kilómetros, es el suizo Mauro Gianetti quien desencadena la batalla. Laurent Roux que está ojo avizo, sigue su rueda, al igual que Rijs, que descoloca un poco a todo el pelotón, al verle a un nivel tan competitivo a esas alturas de temporada. Se está gestando la escapada buena de la carrera, pero los gallos, los principales aspirantes, los Museeuw, los Tchmile, los Bartoli y compañía permanecen impasible. Todavía hay tiempo, pensarán. Más hombres se van sumando a la fuga. Andrea Tafi, otro Andrea, éste de apellido Ferrigato, Leon Van Bon, Jo Planckaert y Beat Zberg, hasta conformar un grupo de nueve corredores, que comienzan a relevarse, aunque sin lograr una renta lo suficientemente amplia como para pensar en disputarse la victoria.

Los relevos son parte fundamental en el llano, y en las clásicas. Permite a los corredores dosificar el esfuerzo y aumentar sus posibilidades de triunfo. Así como cuando se rueda en montaña «chupar rueda», como se dice en el argot ciclista, no es algo que resulte imprescindible, pues los porcentajes de las cuestas ponen a cada uno en su sitio, en el llano que algún corredor se escaque, puede dar al traste con una fuga. En las grandes clásicas, esos «tira tú que a mi me da la risa» suelen tomar su expresión más superlativa. Todos tratan de ahorrar energías para afrontar con frescura los kilómetros finales – que en la mayoría de los casos superan los 200 kilómetros con facilidad -, y cualquier excusa es válida para justificarlo.

A 38 kilómetros para el final, Bjarne Rijs pierde posiciones en el grupo cabecero, y se sitúa a cola. Espera a su coche. ¿Comenzará a romper la sintonía de los fugados? ¿Quiere economizar esfuerzos? No, es algo peor. Se detiene, se baja de la bicicleta y hace un cambio de rueda. A diferencia de lo que parecía, el propio Rijs explica posteriormente que no se trataba de un pinchazo, sino de un radio roto. «Podía seguir, pero no quería perder mi opción por un problema como éste».

Sus compañeros siguen hacia delante. En una situación como esa, cuando la carrera va lanzada, no hay porque parar a esperar. La fortuna es algo que influye activamente en el ciclismo, y así hay que aceptarlo. Pero Rijs no se da por vencido. Se vuelve a reenganchar al grupo, y en vez de recuperarse del esfuerzo, realiza un cambio de ritmo enrabietado dejando clavados al resto de compañeros de fuga. Todos se miran, pero nadie se atreve a dar el primer paso, y el danés aprieta los dientes para abrir las primeras diferencias. Se le ve con mucha fuerza en el pedaleo, mucha potencia y mucho desarrollo. En el pelotón, tampoco hay mucho movimiento, y los equipos dejan recaer la responsabilidad en los demás. La carrera se toma un respiro, pero solo para definir posiciones, porque el ritmo sigue siendo endiablado. La Amstel Gold Race ha entrado en su fase de decisión con Rijs a la cabeza subiendo por las cotas en plato grande, perseguido, ahora, por un cuarteto que se ha seleccionado, entre los que se encuentran Tafi, Gianetti, Zberg y el francés Laurent Roux. El grupo principal marcha por detrás, con el MG-Technogym de Bartoli en cabeza.

El triunfo del último vencedor del Tour de Francia es inevitable, su rodar es portentoso, y nadie es capaz de reducir la diferencia de ventaja que lleva. Con el caso a juego del maillot – rojo y blanco de la bandera danesa -, Rijs asciende el último muro levantado sobre el sillín de su bicicleta, rompiendo las bielas a cada pedalada. Las rampas más duras se le empiezan a atragantar, se nota el esfuerzo en su rostro, pero la victoria no se le va a escapar. Mientras desciende camino de la meta, se desatan las hostilidades entre los favoritos, y Bartoli y Jalabert reviven el duelo de una semana antes en Lieja. Es demasiado tarde, y ese ataque solo les permite alcanzar al cuarteto perseguidor a escasos metros del final en Maastricht, para luchar por la segunda plaza, en un lugar donde, 46 segundos antes entraba Rijs exultante, levantando sus largos y escuálidos brazos en señal de victoria, y engrandeciendo la historia de la carrera de la cerveza.

Escrito por Federico Iglesia
Foto: Sirotti

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