Cicloturismo

Cicloturismo: la majestuosidad del Passo dello Stelvio

Los Alpes son montañas extraordinarias, con una altitud majestuosa y profundidad en sus valles. Puertos que dejan huella en quien los sube, en quien los sufre. Auténticas moles por encima de los dos mil metros rodeadas de picos que superan los tres mil. Nieve, paisajes escarpados en la silueta, postales que perdurarán de por vida. Entre todas estas maravillas está el Stelvio, uno de los puertos más famosos y visitados del mundo. Un lugar de peregrinación que se eleva por encima de los 2700 metros de altitud sobre el nivel del mar.

En su día hablamos de la vertiente otrora oculta del Umbrail Pass, directa de Suiza. Esta vez nos quedamos en suelo italiano para llegar a Prato (allo Stelvio), una localidad alpina de unos tres mil habitantes que es la base de operaciones para subir a este gigante que escala a base de rampas constantes y demoledoras herraduras (tornanti en italiano) que escalan las paredes imposibles que iremos superando con nuestra bicicleta.

Desde el valle tenemos veinticinco kilómetros a una media del 7,5%. Un porcentaje que no parece muy elevado, pero si tenemos en cuenta que los primeros siete no llegan en ningún momento al 8% de media por kilómetro, tendremos claro cómo son los restantes dieciocho hasta la cima. En ese punto, en la localidad de Gomagoi, tendremos un desvío a Solden, una estación de esquí bastante conocida entre los aficionados. Pasamos un túnel y llegamos a Trafoi, desde donde podemos tomar un telesilla hasta el Rifugio Forcola. Comer en el restaurante con semejantes vistas debe sentar doblemente bien.

Aquí afrontaremos las primeras curvas de herradura. En total superaremos 48, un número que empequeñece las 21 del Alpe d’Huez. No habrá rampas de consideración más allá de algún repunte del 15% aislado. En torno al 10 nos desarrollaremos desde aquí a la cima. Sin descanso. Sólo el pequeño rellano de algún tornanti nos dará cierto respiro. Cuando quedan diez kilómetros al alto encontramos nuestro último punto para tomar suministro, refugiarnos o darnos la vuelta, un restaurante-hotel que será un oasis llegado el caso. También nos puede salvar en la bajada si fuese necesario.

Curva, curva y curva. La belleza de los parajes deja sin palabras. Sin aliento el esfuerzo. La única tortura que sufriremos, además de la propia pendiente y el puerto en sí, será ver la cima allá en lo alto durante gran parte de la escalada final. Ascendiendo a media ladera, de pronto, vemos la última mole, una pared que está dibujada cual Zorro por una obra maestra de la ingeniería. Quitamiedos de piedra, una muralla preciosa que dibuja sobre un paisaje que por mucho que insista nunca seré capaz de describir correctamente. Nieve en los picos, salvo en veranos extremadamente cálidos -cada vez más habituales-, viento de cara o de cola según en la cara de la herradura en la que nos encontremos. Todo detalle cuenta para disfrutar o sufrir, si es que en ciclismo sabemos distinguir uno del otro.

Cuando te encuentras en el tramo final vas observando todo lo ascendido en esa demoledora parte final y te das cuenta de que ya no debe quedar tanto como pensabas. Estás superando uno de los retos cicloturistas más exigentes del planeta. Al menos del planeta que conocemos como ‘civilizado’. La altitud nos jugará malas pasadas, como era esperable. Aunque, admitámoslo, a mil metros sufriríamos igual. Pensemos en la forma física que nos reportará esta montaña. Eso nos ayudará a seguir adelante. Con paciencia, eso sí.

La pequeña ciudad de la cima nos acoge. Nunca antes superar una última rampa se había hecho tan necesario. Ahí acaba nuestro sufrir y empieza nuestro disfrutar. Abrigarse es siempre buena idea por el frescor propio de la altitud. Habrá que dedicarle tiempo a hacerse fotografías con el cartel y a comentar la jugada con los numerosos cicloturistas que se darán cita en la cumbre.

En cuanto a recomendaciones, simplemente habrá que tener en cuenta dos principales. La primera es tomárselo con mucha calma. Es un puerto eterno que incluso a ciclistas profesionales les puede costar un mundo escalar. Otro consejo puede ser que hay que tener cuidado con el descenso por esta cara. El asfalto está bien, pero los peraltes son distintos cada vez (como en todos los puertos) y las trazadas propias y ajenas -es una ruta motera muy interesante y transitada- deben ser tenidas en cuenta. Para disfrutar del paisaje es mejor ir parando, sin obsesionarse con el cortado que existe detrás de la carretera. Pero sin olvidarlo tampoco, que hay que contar nuestra hazaña a la vuelta.

Es imperativo abrigarse para la bajada, así como hidratarse bien durante la subida y antes de la bajada. Los reflejos son importantes y alguien sin fuerzas habrá perdido poder de reacción. En las partes más rápidas, cuidado con el tráfico y por lo demás… ¡a disfrutar!

¡Disfruta el puerto en Google Maps!

Y aquí vive un reportaje más amplio con más fotografías a cargo de 1001puertos.com

Escrito por Lucrecio Sánchez

Fotos: 1001puertos.com

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