Cicloturismo

Cicloturismo – Mallorca 312: la otra dimensión

El sol asoma imponente en Cap Farrutx, dique natural que abriga a la bella y señorial villa de Artá, municipio que alumbró hace doce años la primera Mallorca 312. Una villa de renombre y cultura ciclista. El mero paseo por sus calles refleja el estrecho vínculo que existe con la bicicleta, una relación que se ha ido agigantando desde que un artanenc, Xisco Lliteras, emprendedor y visionario, decidió, con un grupo de amigos y familiares, aspirar a convertir Mallorca en el epicentro mundial del cicloturismo. Y lo consiguió.

El día sigue con su lento despertar sobre la bahía de Pollença y miles de ciclistas, llegados de los cinco continentes, se disponen a hacer frente a un radiante día de primavera. Cientos de kilómetros por delante, con tres opciones posibles ― 167, 225 y 312 ―, elección que toma al libre albedrío cada participante.

Un objetivo; disfrutar de la bicicleta con carreteras sin tráfico. Comprobar que las horas de entrenamientos tienen recompensa en la superación de pronunciados desniveles, envueltos en la armonía de una Serra de Tramuntana, Patrimonio Mundial de la Unesco. Todo es posible gracias a la perseverancia y alguna pequeña renuncia.

El enclave que deslumbró hace casi dos siglos a todo un filántropo humanista como el Archiduque Luis Salvador de Habsburgo-Lorena, pionero del turismo que hoy en día es el monocultivo de la isla, sigue siendo una cordillera seductora, que tiene su espejo en un inmenso mar que se pierde en el horizonte. Este paisaje termina por distraer el sufrimiento del ciclista, que, rendido ante tanta belleza, no le importa seguir subiendo Colls y repechos como si de un intercambio de satisfacciones se tratara.

El silencio es signo de respeto. El pelotón de todas las nacionalidades y colores rueda sigiloso. Apenas se escuchan palabras. No se confunda el lector; es un silencio de respeto mutuo, con el compañero y con uno mismo. Un silencio que solo es interrumpido por una mueca cómplice o una palabra de aliento. El día, ayuda. El sol sigue brillando, los primeros calores se estrenan. Todo acompaña hasta la llegada del primer avituallamiento. Para ello, ha habido que superar el Coll de Femenia y llegar al Gorg Blau. Allí la algarabía se despereza. Como el sol que, definitivamente, ha terminado por presidir la jornada. Es el momento de los primeros comentarios y cachondeos. “¿Cómo vas Ruben?”. “Voy bien” responde el interpelado. Y alguna risa se oye de eco.

Les contempla el coloso Puig Major, el techo de la isla. En plena Guerra Fría fue una base americana. Allí se instaló un radar para el control aéreo por parte de la OTAN del Mediterráneo Oriental, alcanzando Turquia. Años más tarde, fue ocupada por las bicicletas en una de las primeras pruebas ciclistas que precedieron a la Mallorca 312. La “ Trencagarrons” la ganó en más de una ocasión uno de los padres espirituales de la gran fondo actual. Miquel Alzamora, otro “artanenc” campeón del mundo de madison, que tiene la habilidad de hacer de cabeza un rutómetro al segundo de precisión.

Con precisión y cautela se afronta el descenso del Monnaber. Quince kilómetros que nos conducen al valle de naranjos de Sóller. Artistas de todas partes han encontrado su musa inspiradora en este lugar. Algo muy diferente merodea por la mente del ciclista que afronta el Coll den Bleda que da entrada al mirador más extenso del mediterráneo.

Deia es un pequeño pueblo donde Robert Graves escribió “Yo Claudio”. Un emperador romano, tullido, que nos narra, genialmente, cómo llegó a tal cometido sin la creencia de gozar de condiciones para ello. Algo parecido parece sentir el ciclista cuando se enfrenta a Sa Predissa. Una rampa que acredita la mortalidad del más fuerte, imagínense, del que flaquea. Ya queda menos para el avituallamiento sólido y encrucijada de caminos y decisiones. Hay que decidir. El giro a la izquierda en dirección Esporles aboca a la experiencia de 167 kilómetros. El giro a la derecha, a consagrar casi por entero el último sábado del mes de abril a la bicicleta.

La cornisa que recorre las localidades de Banyalbufar y Estellencs hasta Andratx, en idioma ciclista, es un tobogán de diferentes y variados Colls, que es el nombre con el que se denominan los puertos en Mallorca. La isla, parafraseando a Lliteras, parece que fue creada para ir en bicicleta. Una de sus peculiaridades es que las cotas, en su gran mayoría, tienen distancias que van de dos a siete kilómetros, con desniveles, en ocasiones severos, pero que no terminan de fatigar en exceso al cicloturista, sea cual sea su nivel. Todo se puede subir, la diferencia es el ritmo con que lo hagas. Llegar a la Gramola es un hito de esos que se podría calificar de psicológico. Se ha llegado al Finisterre del litoral. Más allá, solo el mar.

Lo que no significa que se haya acabado de ascender. El Coll de N´Esteva, Galilea y Es Grau son los últimos escollos montañosos antes de llegar a los tramos para lucimiento de los rodadores. Toca terminar de darlo todo. El sol pica, como lo hacen las curvas de herradura de este tridente de Colls. Ya no queda mucho que guardar. Se echa mano de cualquier atisbo de energía. Un gel, un plátano, una rueda. Es el momento de recordar el sabio consejo de Miguel Indurain; comer, beber y a rueda. Por ahí está el gran campeón. Va por delante.

Esporles recibe, como casi todos los pueblos por los que se ha pasado, con vítores y aplausos. Se agradecen mucho, tanto como los kilómetros de llano que descargan las piernas como un masaje. Es el momento de hacer grupo y coger velocidad. El sol da una tregua, y unas oportunas nubes aplacan la luminosidad del día. Todo acompaña en la Mallorca 312. La sobremesa nos dirige hasta Lloseta, municipio del Raiguer que termina de despedir a la Serra de Tramuntana.

Entra de lleno la tarde, y con ella “s’embat”, brisa procedente del mar que renueva diariamente el aire de la isla. Dicho así suena melódico, pero, después de siete horas sobre la bicicleta, de 180 kilómetros y más de 3.000 metros de desnivel acumulados en las piernas, la compañía del viento de cara obliga a seguir apretando los dientes. Queda atrás Sa Pobla, comarca agrícola por excelencia, conocida por sus sabrosas patatas. Hace un buen rato pasaron los Beloki, Contador, Sean Kelly e Ivan Basso, dorsal 312 de la presente edición. Ciclistas de muchos kilates. Verlos a todos juntos durante la presentación fue un gozo. Allí estaba también Toni Rominger, el suizo asturiano del Clas. Y Toni Tauler, ciclista mallorquín que ha creado escuela en su isla. En esta edición se echó en falta al incondicional de la prueba, Pedro Horrillo, que por una inoportuna neumonía de última hora tuvo que quedarse en Éibar.

Algunos se han decantado por la opción 225. Los más valientes se adentran en la parte más inhóspita de la prueba. El Pla de Mallorca es una comarca que abarca pueblos del interior, de raíces eminentemente agrícolas y de profunda vivencia ciclista. Pueblos que dieron grandes nombres al ciclismo mallorquín, y nacional, en los años de la posguerra. Fueron tiempos de hierro forjado a base de luchar contra el hambre. Como ahora sienten la mayoría de los ciclistas. Cuentan que al llegar a Artá todo se acaba. Que en el Café Almudaina se organiza una fiesta de Navidad en plena Pascua. Algo así como una resurrección, la misma que necesita el desencajado ciclista que llega a la zona cero de la Mallorca 312.

Las fuerzas ya no existen. Solo resta testosterona. Las piernas se mueven por inercia. Leí en una ocasión que para un anciano con problemas de movilidad le es más fácil ir en bicicleta que caminar. Debe ser cierto. La última hora de Artá hasta la Playa de Muro, postrema estación, es un pedaleo deslizante. Una fuerza recóndita aflora. Es el momento de repasar todo lo vivido. Desde el amanecer apasionante hasta las fatigas de los repechos incómodos e inoportunos. La celebración se oye a lo lejos. La brisa marina acompaña, los colores rojizos de la tarde se entremezclan con el humo de los dimonis de Artá. Todo está concluido. Hemos llegado. Abrazos, emociones incontenibles, satisfacción. Es decir, Mallorca 312. 

Escrito por: Fernando Gilet (@FernandoGilet)
Fotos: Sportograf

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