Opinión Carreras

Dauphiné, F1 y las bolas de cristal

Los opinadores de ciclismo tendemos a buscar correlaciones e inicios, tallos más altos que otros cuando la planta apenas acaba de nacer. Los genios se delatan mostrando tan sólo un detalle de su valía a edades tempranas. Los menos genios -por acuñar un término políticamente correcto- incluso antes y de forma más evidente. Aplíquenlo a todas las situaciones de la vida en general y al ciclismo particular, donde el talento brota y se esconde de forma libre e impredecible.  

Si alguna afirmación debe hacerse sobre la Dauphiné (o cualesquiera de las nomenclaturas que se le han asignado -perdón por la redundancia- a lo largo de su larga historia) es que es una de las carreras que mejor ha encontrado su lugar. La posibilidad de abarcar los Alpes añade valor siempre, pero mucho más tras la adquisición de la titularidad por parte de ASO. El esquema es simple. Si ya de por sí era una llamémosle banco de pruebas de cara al omnipresente mes de julio, una vez que Tour y Dauphiné son lo mismo, los recorridos de montaña de una y otra tienden a ser similares en alguna etapa. Como es habitual, la persecución de la mejor participación es el verdadero banderazo de salida. 

El cálculo de los estados de forma perjudica el sueño de los directores, con pesadillas por no haber apretado aquí o por haber pasado de rosca aquel tornillo. En un ciclismo donde el detalle marca la cada vez más inapreciable diferencia, Dauphiné juega un papel muy específico. Vatios, comparaciones, rivales, materiales, peso, qué falta, qué sobra… la Fórmula 1 de los nuevos ciclistas. El aspecto moral importa. Más inclusive que el físico. El histórico lleno de ganadores de Tour tras lucir dorsal aquí. De Francia a Francia, de junio a julio. 

Imposible olvidar haber dado por hecho el sexto Tour de Miguel tras los derroches en junio. O las convulsiones que los rayos naranjas de Ibán Mayo provocaron en Lance, vuelo bajo en la cronoescalada al Mont Ventoux añadida. O los fracasos de un Valverde procedente de los ramos de flores y los besos de junio. O la guerra psicológica de Sky para ubicar a sus cachorros en primera fila y así dar el primer golpe, casi siempre el definitivo en todos los sitios menos en las pelis de acción-ficción. Lo moral cuenta, comentábamos. El momento de aguantar la rueda de tu máximo rival. El sembrar de dudas que habrá que intentar recoger. El idealizar. Incluso el play dead de manual que muchos se auto infligen para que las casas de apuestas coticen más altas sus victorias. Todo son detalles. Y un detalle lo cambia todo. 

Aún no hay aroma de Tour. El verano cae tan lejos en las mentes que se han acostumbrado a vivir al día o, como mucho, a la semana tras la pandemia, como cerca en fechas. Dauphiné es sinónimo de que el inicio de la lucha por el amarillo se acerca, se escuchan los timbales de guerra, los pasos de los gigantes que lucharán bajo el castigo del infranqueable calor de las tierras galas. Aroma a Tour con el recién finalizado Giro de cuerpo de presente. Un Giro que además ha confundido al espectador con el tedio que últimamente se vive en las tres semanas de julio, y le ha restado la ilusión con la que se solía vivir el in crescendo hacia el momento álgido de todas las temporadas.

Es un hecho que el ganador del Tour estará en el podio de los elegidos como ciclistas del año. No sigue esa correlación la Dauphiné con la Grande Boucle. Es más, muchos fallos de cálculo vividos. Lucimiento de plumas que se quedaron en las rampas de los colosos ascendidos y que después se echaron de menos. Generales reconfigurados en soldados rasos. Titulares que nunca llegarán a ser ciertos. Tallos que nunca fueron los más largos. Correlaciones buscadas por los opinadores de ciclismo que quedan en ensoñaciones previas al verano. Dauphiné. 

Escrito por: Jorge Matesanz (@jorge_matesanz)
Foto: Sirotti 

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