Carreras Ciclistas Profesional

Del Arcipreste de Hita a Don Quijote: El Tour de Franck Bonnamour

Qué sensaciones más extrañas me produce siempre el final del Tour de Francia. Sobreviene una especie de vacío en las tardes de verano, en esas horas en las que decidir si etapa o siesta, ambas interrumpidas por los gritos de Contador o la trompetita de Perico. Tu timeline de Twitter baja dos tonos, mientras trolls, entendidos y polemistas recargan las pilas de cara a lo que queda por venir. Resoplas también un cierto alivio porque, cada vez más, el Tour se nos hace largo, y más en un año en el que la inolvidable primera semana nos ha hecho ir de más a menos y quedarnos con un injusto regusto amargo de la que ha sido una gran edición de la ronda gala. Este año la cercanía de los Juegos Olímpicos nos tendrá ocupados mientras se nos hace la boca agua con la que se presume una fantástica Vuelta a España.

Es también la semana de los resúmenes, valoraciones, notas y pódiums de revelaciones y decepciones. Porque el Tour de Francia es el gran escaparate ciclista, en el que se deciden contratos, presentes y futuros profesionales. Una realidad que provoca diferentes maneras de actuar y entender la carrera. Para pocos, los que pueden y tienen la ambición suficiente, solo vale ganar, cuanto más mejor, es la única manera de demostrar de qué pasta están hechos. Para muchos, la mayoría, se trata de sobrevivir, de llegar a París y sacarse el «carnet de ciclista». Para los puestometristas, la cosa va de engancharse a la rueda buena, hacer cuentas y amarrar un puesto de honor sin que les de demasiado el aire en la cara. Pero hay también una minoría de inconformistas, de quijotes a lomos del flaco rocín velocipédico, que no se conforman con estar. Quieren ser y chocan sus lanzas contra gigantes y molinos a base de fugas imposibles. Son estos los que honran su profesión y sus colores, y merecen ser tratados como héroes de cada edición. Destacamos hoy a uno de ellos, que ha hecho gala de una ambición y constancia propia de grandes campeones, desempeñando un papel fundamental para su equipo: Franck Bonnamour.

Jugando con la célebre obra del Arcipreste de Hita y el apellido de nuestro protagonista, podemos decir que el de B&B ha escrito su propio «Libro del Buen Amor» en este Tour de Francia. Si la Grande Boucle es la carrera fetiche de todo corredor galo, qué se puede decir para un bretón que logra vivir la salida en su apasionada y apasionante región.

Formar parte de uno de los equipos invitados no es fácil, pues debes competir con escuadras con mayor potencial y lucir el maillot siempre que haya ocasión, pues de ello depende tu futuro, el de tu equipo y el de su presencia en próximas ediciones.

Franck Bonnamour, a sus 26 años, necesitaba un empujón a su carrera. Uno de esos ciclistas franceses que parecía haberse quedado entre dos aguas en el pelotón profesional, después de haber sido un notable junior, capaz incluso de proclamarse Campeón de Europa en ruta en Olomouc 2013; y que después de cuatro años sin demasiados resultados en el equipo de casa (ahora Arkéa, antes Bretagne o Fortuneo), había encontrado acomodo en la otra formación bretona, comandada por Jérôme Pineau. Su salto de calidad en esta edición de la ronda gala ha sido impresionante, siendo el mejor de un equipo en el que Pierre Rolland y Quentin Pacher lo intentaron sin fortuna y Bryan Coquard tuvo que abandonar lesionado.

En las etapas de montaña, y más cuando en la lucha por la general hay un capo indiscutible y pocas piernas o ganas entre los rivales, filtrarse en una fuga está solo al alcance de los mejores. Los nombres de los escapados en las grandes jornadas alpinas o pirenaicas suelen ser un muestrario de gran palmarés, auténticos cazadores y bandoleros que sacan sus colmillos en cuanto huelen sangre. Estar en el corte bueno, exige piernas, fuerza de voluntad, astucia y mucha fe. Pero ser capaz de aguantar ahí, de ser regular y de meterse en la pelea por los puestos de honor en meta, es otro nivel. Y eso consiguió notablemente Franck Bonnamour. Combatividad, confianza y agonismo que le han valido nada menos que cuatro top 10 en cuatro etapones.

La primera vez, en Le Creusot, en la media montaña que tanto gusta en el Tour y que nos deparó una jornada inolvidable con van der Poel y Van Aert dando un espectáculo digno de las leyendas que ya son. El de B&B sumaba un sexto puesto en la etapa ganada por Mohoric, entrando en un grupo con la flor y nata del ciclismo clasicómano. ¿Casualidad? ¿Esfuerzo de un día? Para nada, lo mejor estaba por venir.

Dos días después, etapa marcada en rojo para los escaladores con el final en Tignes, puerto largo pero de rampas constantes. Otra vez Franck que se mete en la fuga buena, aquella en la que Guillaume Martin y Ben O’Connor cimentaron su gran general final. Aquella en la que otro quijote, Anthony Perez, realizó un trabajo magnífico para Cofidis, manteniendo el ritmo de la fuga vivo y desafiando al pelotón. Aquella en la que Bonnamour entraría meta por delante de un apisonador Tadej Pogaçar, que reconocía el esfuerzo del bretón dejándole entrar en quinto lugar.

Sus grandes actuaciones le hacían merecedor del premio al supercombativo de la primera semana, lo cual vale su peso en oro para un conjunto ProContinental, más con el nivel apabullante vivido aquellos días. En una entrevista al diario Le Télégramme declaraba su alegría porque corredores como Alaphilippe, Madouas o Gaudu habían ido a felicitarle, y decía: «Es algo que hace ilusión. Es algo nuevo para mí. Ahora debo mantener los pies en la tierra. No soy de esos que se deja llevar por la euforia. Esa es la educación que he recibido…». Humildad, coherencia e ilusión en solo dos líneas.

Sin alardes, sin darse mayor importancia. Pero si en Alpes se había escrito un fantástico primer episodio del Tour del ciclista de Lannion, en los Pirineos repitió su hazaña. Noveno en Andorra, cuando Alejandro Valverde rozó una gloria reservada para un escalador imponente como Sepp Kuss. Quinto, otra vez quinto, en Saint Gaudens, donde solo el austriaco Patrick Konrad pudo sorprender de lejos al grupo de fugados, donde iban velocistas como Colbrelli y Matthews.

Con ese balance uno puede conformarse y descansar, como algunos que confunden preposiciones y hablan de atacar «hasta el final» cuando sólo atacan «al final». Pero nuestro Quijote lleva su máxima al máximo. Para él sí: más siempre es y será más. ¿Que después de la paliza pirenaica hay una etapa llana de más de 200km? Pues qué mejor que meterse en la fuga inicial y resistir como sea mientras se pueda, aunque sea para llegar a tres minutos del vencedor Mohoric. ¡Hasta un escarceo travieso en los Campos Elíseos junto a Cyril Gauthier! Aprovechar cada gramo de fuerza para honrar la carrera, tu carrera.

A base de coraje, esfuerzos y mucha ilusión, Bonnamour cierra un muy buen Tour de Francia con el premio al supercombativo de la carrera. Un premio que hace justicia a su actuación (no siempre sucede en la ronda gala) y que le ayudará a sentirse importante en su equipo. No llegó el sueño de un pódium de etapa, pero se quedó mucho más cerca que el de todos aquellos que acabarán la carrera difuminados por el velo de la intranscendencia. Un 22º puesto en la general final logrado a base de cabalgadas quijotescas frente a ciclistas que multiplican su salario. Hoy nos tomaremos una a tu salud: Yec’hed mat, Frank Bonnamour!

Escrito por Víctor Díaz Gavito (@VictorGavito)
Foto: Laurane Habasque / B&B Hotels

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