Ciclistas

Domenico Pozzovivo, el eterno vuelo del pájaro irreal

Lunes. Te levantas de la cama, comienza un nuevo día y lees la prensa mientras desayunas, junto a la ducha, el mejor momento del día. Además de las desgraciadas noticias de guerra y economía, con la gasolina por las nubes y los ánimos jugando a planear sin motor por la vida tan apresurada y el bombardeo constante entre apocalipsis, publicidad y adrenalina. Montañas rusas que te llevan al ciclismo, a ese ratito de evasión, también de victoria. Echas un ojo a la clasificación del Giro y además de los simpáticos Carapaz o Nibali te encuentras sorpresas tan llamativas como ver entre los mejores a Domenico Pozzovivo. Un ciclista que lleva en el ciclismo profesional desde 2005. Si Valverde comenzó en 2002 y ya nos parece que lleva toda la vida, una diferencia de apenas tres años no importa en demasía. Como el pelo que se peina en cortinilla porque comienza a aparecer un descampado. Digo. 

Un italiano que empezó destacando en el clásico Panaria. Camiseta verde, menudos hombres escalando montañas en el mes de mayo. ¿Les suena? Apenas 1,65 de estatura, unos 50 kilos de peso y dos piernas que machacan los pedales como pistones. Un pájaro, dijeron algunos. Ligereza máxima sobre unos cuantos hierros en aleación que despliegan alas en las subidas. Pozzovivo era un jilguero que se espantaba cuando los grandes hacían fuertes aspavientos. Nunca alcanzó esa altura de vuelo, esa forma de tiranizar un ecosistema. Él vivía en él, era parte de él, sin más. Siendo fruto de la constancia y la distancia exacta entre lo que se conoce vulgarmente como un «chuparruedas» y el prestigio que da clasificarse en buenos lugares con la mera ayuda de las flores del campo. 

Durante unos años fue hombre franquicia del AG2R, que a su vez basó su existencia y su insistencia en Rinaldo Nocentini, otro transalpino en la corte del pájaro irreal. Ambos coparon el estrellato de un equipo francés, con lo suyos que son. El caso es que la presencia que ha aportado Pozzo a los galos ha sido impagable, con puestos entre los diez primeros en el Giro y en la Vuelta. Lo que no pudo recuperar fueron las sensaciones de ganador de primera semana de corsa rosa, en la que se habla de aquellos que han tiranizado Romandía o el antiguo Trentino. Por aquel entonces, hablamos del año 2012, nuestro protagonista todavía era un polluelo ávido de experiencias, de nuevos horizontes a los que volar. 

Se llevó el título de Trentino, la antesala de la primera grande, ante Damiano Cunego. Los días pasaron, la inválida pesadez del piropo besaba sus mejillas en la cima de Lago Laceno. Ese día Hesjedal boqueaba cual pez fuera del agua. Como le echaron un vaso en las branquias, recuperó el oxígeno y se vistió de rosa en Milán. Ese día fue el suyo. El único hasta la fecha. Imbatible en un escenario donde el pájaro de ligeras plumas es incapaz de ser alcanzado. Voló y se elevó en la gloria. Se esperaba un regreso y no lo hubo. Son miedosos estos pájaros irreales, ficticios, de esos que se pensaban estarían para siempre y dejaron de volar. Vendido como un candidato a podios que nunca fue. Lo que sí fue es tercero en una contrarreloj en la que clasificó su apellido detrás de dos mindundis como Cancellara y Martin, el alemán. 52 kilos que tardaron tan sólo 1’24 más que las dos locomotoras en cubrir los casi 40 kilómetros. Unos 52 minutos, uno por kilo. 

Tras tiempo evitando asomarse al precipicio, tocó hacerlo en Intermarché. Líder en el Giro, su competición, y sorprendiendo a propios y a extraños. Los herederos del mítico Wanty no aflojan en su empeño en quedarse en la primera categoría y a los logros de Girmay, Kristoff o algún otro, le toca a Domenico erigirse como una alternativa válida. Sin embargo, no lo es. No es un pájaro real. Es un ciclista leve que tiene muy poco que perder. Mucho menos el tiempo. Mucho menos si es en ciclismo, donde el tiempo es absoluto oro. 

Escrito por Jorge Matesanz

Foto: Fabio Ferrari / RCS Sport

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