Historia

El caso Huélamo en los Juegos Olímpicos de Múnich 72

En estos días en que está a punto de celebrarse la prueba olímpica de ciclismo en ruta, hablaremos del caso de Jaime Huélamo, y de los sucesos relacionados con la medalla de bronce obtenida por este ciclista en la Olimpiada de Munich de 1972. Una sucesión de episodios un tanto chuscos, que podían ser el guión de una película, la típica “españolada” de los años setenta. Pero no. Los sucesos son reales. La realidad en este caso superó, una vez más, a la ficción. Y conoceremos cómo se regían las federaciones nacionales y regionales en aquellos años del tardo franquismo.

Este relato está basado en una entrevista publicada en el semanario ciclista “Meta 2 Mil” en septiembre de 1988. El encuentro tuvo lugar en la localidad de La Melgosa (Cuenca). El entrevistador fue el entonces director de esa publicación, Chema Rodríguez. El entrevistado, por supuesto, el propio Jaime Huélamo.

Jaime Huélamo nació en La Melgosa en 1948 y falleció en enero de 2014. A sus once años emigró con su familia a Barcelona, y fue allí donde inició su carrera deportiva como ciclista. Fue coetáneo de los Viejo, Elorriaga, Nistal, Melero, Tena, Pardo, Palavecino…

En la entrevista, el conquense ya pronto nos ponía en antecedentes: “El affaire de Munich (1972) se comenzó a forjar en la Olimpiada de México (1968). El entonces presidente de la Federación Española de ciclismo echó (después de la competición azteca) a toda la federación, porque no se consiguió medalla. Y creo recordar que allí se hablaba de que el único deporte del que podía esperarse medalla era del ciclismo, y entonces se fracasó, con un equipo de campanillas, donde estaban Gómez Lucas, Tamames, Lasa, Zubero, Linares…un equipo fenomenal. ¿Por qué botó a toda la federación? Porque no hubo medalla. ¿Qué iba a pasar en Munich si no había medalla?, pregunto yo… Entonces yo creo que ambos cabos están conexionados”.

Ya en 1972, previamente a la Olimpiada de Munich, la selección nacional española de ciclismo acude a los Juegos del Mediterráneo que se disputan en Esmirna. El equipo español arrasa. Gana Elorriaga, segundo es Francesco Moser y tercero José Luis Viejo. Nuestro protagonista Huélamo es quinto. Los ciclistas españoles pasan control y nadie da positivo. Sin embargo, en la entrevista, el conquense ya matiza: “No se da positivo porque allí los controles no llegan a donde tienen que llegar. Nosotros no estábamos en Esmirna, estábamos a 200 kilómetros, en pleno desierto, y los controles no llegaban ni a Esmirna…”.

Quien esto escribe está en la obligación de aclarar este punto. Porque como los lectores y lectoras habrán podido comprobar no queda nada claro, en esa entrevista de 1988, si esos controles de Esmirna se llegaron definitivamente a realizar o no. Puntualizado esto, continuamos.

De una tacada, Jaime Huélamo relataba lo sucedido en relación a su positivo con Coramina en septiembre de 1972 en Munich. Transcribiré esta parte de la entrevista prácticamente en su totalidad, porque es una auténtica joya descriptiva de cómo se funcionaba en el ciclismo de aquellos años.

“Yo di positivo por coramina. La coramina no estaba prohibida por la UCI, pero sí lo estaba por el COI, aunque ninguno de los ciclistas lo sabíamos”. (Advierta el o la lectora la similitud con el caso de Pedro Delgado en el Tour de 1988). “Además, la coramina no tiene un gran efecto, porque es un cardiorrespiratorio. Yo la tomaba un poco por las salidas, porque andaba mal con el frío. Comencé la temporada de 1972 muy bien. Pero en el Tour de Rosellón (febrero) cogí una bronquitis y estuve una semana en cama. Salgo de ella muy flojo y Ramón Mendiburu (el entonces seleccionador) me dice en San Sebastián que cuenta conmigo para la Olimpiada, pero que si no ando no podrá llevarme…Yo le dije que lo comprendía. Mendiburu me llevó a la Vuelta a Polonia para ver si cogía el golpe de pedal. Tomé varias veces coramina y mejoré los problemas del pecho que todavía arrastraba desde el Rosellón. Hice octavo, aún ayudando a José Luis Viejo. Fuimos luego a otras pruebas preparatorias a Suiza. ¡Cómo andaría allí que acabaron incluyéndome en el equipo de contra el reloj (100 kilómetros de contra reloj por equipos con cuatro ciclistas en cada formación) aunque en un principio no estaba previsto!”

“Ya en la Olimpiada, en Munich, en la prueba de 100 kilómetros contra el reloj por equipos, salgo sólo con un bidón de líquido. Té, glucosa y esas cosas. A los 10 kilómetros empecé a beber para alimentar al cuerpo progresivamente. En mi primer trago, a mi me entra un dolor que yo identifico como flato. Luego supe que no era flato, sino dolor de hígado. Ya no volví a beber más en toda aquella prueba contra el cronómetro. Con el paso del tiempo me he preguntado: ¿Por qué me dio aquel dolor de hígado? Sufrí un montón. El dolor no me abandonó durante toda la prueba. Al día siguiente notaba como agujetas en la zona.”

“Cuando Mendiburu me dice que voy a salir en la prueba en línea, le digo que tengo mucha ilusión, pero que si tenía que andar con los dolores de la contra reloj por equipos prefería que pusiera a otro en mi lugar. En eso quedamos. Entre la contra reloj y la prueba en línea había un espacio de cinco días, que luego fueron más por el atentado de los palestinos. Durante esos días se disputó una prueba preolímpica en Nurenberg en línea. La corrí e hice segundo. Entonces cambié de opinión y decidí correr la olímpica también. Para asegurarme una buena salida tomé la coramina. La coramina la cogí del botiquín que llevaba la selección. Un terrón de azúcar y unas quince gotas de coramina, sin darle mayor importancia. Si había prohibición, ¿por qué no se nos dijo? En Munich no llevábamos médico, pero sí un director, un masajista, un presidente de federación… gente que debía preocuparse de esas cosas…”

Y llegó el gran día…

“José Luis Viejo era el hombre destinado a estar al final. Pero se quedó atrás. Viejo no corrió la preolímpica de Nurenberg para evitar una caída. Se complicó la cosa. Samaranch (entonces presidente del Comité Olímpico Español) nos avisó el día antes de la carrera que se iba a disputar la prueba, pero al final no se hizo. (Recordamos que las fechas fueron modificadas sobre la marcha por los atentados del grupo “Septiembre Negro”) Total. Habíamos comido fuerte para esa carrera y volvimos a comer fuerte el día siguiente. En suma, Viejo salió hinchado el día de la prueba olímpica, con peso acumulado. El caso es que era yo el que tenía que definir la cosa. En la última vuelta al circuito había un avituallamiento de agua. Alguien vio a Morata, el masajista de la selección española, agitando el bidón de agua antes de dármelo. Y el agua no necesita que se agite…”

“Yo no noté ningún sabor especial. Además, no se nota. En las concentraciones gastábamos bromas a los compañeros. Les poníamos algo en la botella de agua, cuando iban a acostarse, y así no podían dormir. Por la mañana, te dabas cuenta de que en el fondo había unos posos… Pero el gusto no se nota. En fin. A mi se me dijo que el positivo fue por coramina, pero yo nunca vi ningún documento que así lo certificase. Yo recibo el bidón, pero en un principio no bebo. Me echo el agua por la cabeza. No me atrevo a beber porque pensaba que me podían volver los dolores de hígado. Faltando cinco kilómetros ya bebí pensando en que ya no podía dolerme. Llegué a meta con medio bidón todavía lleno. Lo que bebí cabe en una copa de coñac. La prensa dijo que era una medalla sin ningún valor. Pero aquel bidón sólo me sirvió para dar positivo. Para nada más”.

La medalla de oro fue al pecho de Hennie Kuiper. En el sprint por el segundo puesto, el australiano Sefton batió a Huélamo. “Me dio mucha rabia hacer tercero y no segundo. Creo que la plata estaba en mis piernas”.

“En el podio se olvida todo. Te olvidas de la carrera, ves subir la bandera de tu país, escuchas el himno y te emocionas… Allí estaban dándome abrazos los compañeros, los auxiliares, Mendiburu, Puig, Juan Gich y algún que otro periodista. Recuerdo que vino un hombre, al que entonces no conocía, y me dijo muy solemne: “Un español te felicita”. Era Juan Antonio Samaranch, entonces presidente del COE. Desde aquel día nunca más volví a verle…”.

“El positivo me lo comunican a la mañana siguiente. Iba a dar un paseo con los compañeros y veo que Mendiburu, muy serio, me llama. Me comunica que había dado positivo con coramina. Yo era un chaval joven, con toda la ilusión del mundo y no sabía ni por dónde andaba. Ahora pienso que debí pedir que me enseñaran la notificación. No me enseñaron nada y no me dieron explicaciones. Y yo sigo pensando que hubo algo más, que la coramina debió ser una tapadera. No sé si estaré equivocado o no. De todas formas, a estas alturas no sirve para nada… Los de la federación sabían perfectamente que yo había ingerido coramina. Me la dio el masajista Morata. Yo fui por la mañana al botiquín, a que me dieran el masaje y a coger el avituallamiento. Le dije a Morata “prepárame un azucarillo para la salida”. Y él mismo me echó las gotas de coramina en el terrón de azúcar”.

“A España regresé un poco por la puerta trasera. En el coche con Ramón Mendiburu y un día antes de la ceremonia de clausura. Decidimos traernos la medalla ya que iban a pedir el contraanálisis. Luego me obligaron a devolver la medalla de bronce. De aquello guardo un mal recuerdo de Luis Puig, porque fue algo grosero y asqueroso. Cualquier cosa que diga es poco”.

“Yo, cuando vi todo aquello, pensé en no devolverla. Pero un día me llamó Cañardo, que era presidente de mi federación (la catalana) y me ordenó devolverla. Le contesté que no y se puso como una fiera. Me dijo que quién me creía que era y que no me dejaría competir si no la devolvía. Luego me llamó Luis Puig, más educado, y me dijo: “Jaime, se ha hecho todo lo que se ha podido, pero ha sido inútil; así que tienes que devolver la medalla”. Dudé unos instantes. Incluso llegué a decirles que habían entrado en mi casa unos gitanos y se habían llevado la medalla. Noté que se quedó muy cortado y tuve una reacción de esas que no sabes por qué la tienes, y le dije: “Mire, no me la han robado, cuando quiera puede pasar a recogerla, la tengo en casa de un amigo”. Me dijo que iban a hacer un duplicado y tal… ¿Para qué quería yo un duplicado falso?”.

“Me decidí a hablar con mi director deportivo en el equipo Kas Antón Barrutia. Le expliqué lo que pasaba y me dijo: “Pues mandásela con cinco duros para que se tomen una cerveza”. Ese fue todo el apoyo que tuve en Kas. Entonces meditas y se te viene a la cabeza una frase que publicó el diario “Ya” en portada y que a mi se me quedó grabada: “La medalla de Huélamo, un metal sin ningún valor”. Fue lo que más daño me hizo de todo. En páginas interiores decía que gané a base de coramina. La medalla dejó entonces de tener valor para mí. Ya sólo valía mi sentimiento interno. Yo sabía cómo la había conseguido y todo lo demás me resbalaba”.

“A Puig le dije que la medalla estaba en casa de un amigo, porque yo ya me temía algo y quería evitarle un disgusto a mi madre. Que pasaran por casa a recogerla y que yo no estuviera… Le advertí a Puig que no pasara Cañardo, que no le quería ni ver. “No te preocupes que yo mismo tomo el avión en Valencia y me paso a por ella”, me dijo Puig. Le di la dirección de mi amigo y automáticamente debió llamar a Cañardo, porque fue él quien se personó en casa de mi amigo a por la medalla. Así que hasta el último momento me estuvieron engañando…”

Hasta aquí el relato de Jaime Huélamo. Habrán comprobado, que la victoria tiene muchos padres, pero la derrota…

Escrito por: Raúl Ansó Arrobarren (@ranbarren)

Publicado originalmente en Rota Punctatis

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