Equipos Opinión

El caso Qhubeka: la UCI devorando a sus hijos

El cierre de la temporada ciclista no solo nos trae rumores, sorpresas y certezas en el mercado de fichajes, si no que suele acentuar simultáneamente el drama que muchos equipos viven cada año para su supervivencia. La ausencia en grandes vueltas, la inestabilidad de los patrocinadores y la propia capacidad interna del ciclismo de “auto-fagocitarse”, suele llevar a situaciones dantescas que acaban con muchos trabajadores en la calle y con poco tiempo de encontrar acomodo antes del año siguiente. Los casos de DELKO o Vini Zabù abrieron una veda en la que está cobrando especial protagonismo el equipo Qhubeka de Douglas Ryder.

El propietario del equipo africano anunciaba hace ya tiempo que la continuidad en el WorldTour estaba más que en entredicho ante la dificultad de encontrar un sponsor que sostenga el proyecto. Nadie parecía especialmente sorprendido, vistas las peripecias que esta escuadra ha vivido en los últimos años. Cambios de patrocinador a mitad de temporada, múltiples nomenclaturas y colores de maillot, empresas sospechosas o de dudosa fiabilidad (caso palmario el de la críptica NextHash), han ido haciendo mella a un equipo que se ha ido empequeñeciendo desde su histórico salto al WorldTour en 2015.

Un análisis rápido a génesis, cénit y decadencia del proyecto africano saca a relucir las miserias de un modelo WorldTour muchas veces criticado. Una vez más, el modelo de la UCI se convierte en el Saturno del cuadro goyesco y termina devorando a sus propios hijos.

Desde su nacimiento como MTN en 2008, siendo equipo continental formado íntegramente por ciclistas sudafricanos, el crecimiento fue imparable. Una pieza clave para entender el salto de calidad del ciclismo africano, que muchos esperamos como el futuro dominador de este deporte. Con paso firme y seguro, los éxitos iban llegando, pero sobre todo iban saliendo ciclistas y banderas de naciones con tan poco nombre hasta entonces como Eritrea, Etiopía o Ruanda. Incluso se llegaban a conseguir machadas como la victoria de Gerald Ciolek en toda una Milán-San Remo allá por 2013; una de las mayores sorpresas del ciclismo de las últimas décadas, justo en el debut del conjunto africano en la segunda división.

La presencia en grandes vueltas y lo ambicioso de un proyecto apoyado sin fisuras desde su inicio por MTN, acabaría sirviendo para un histórico salto al WorldTour. El cénit de un proyecto que permitiría colocar al ciclismo africano en el sitio que merece. La presencia de auténticos ganadores como Boasson Hagen, o Cavendish al año siguiente, asegurarían victorias y puntos para sostener el proyecto de cantera, del que iban surgiendo nombres como Louis Meintjes, puestometrista incansable que iba marcando hitos en el deporte continental africano.

Pero sobrevivir a las exigencias competitivas de la máxima categoría sin sacrificar la parte más romántica del proyecto es una utopía que tiene fecha de caducidad. La salida de MTN empezó a causar algunas cicatrices que solo Dimension Data puedo mantener cerradas unos años más. Sin embargo, el equipo fue cayendo poco a poco en cierta irrelevancia ante la pujanza de gigantes de mucho mayor presupuesto. El final de la relación con el patrocinador principal en 2019 supuso el principio del fin.

En paralelo a esta crisis de patrocinios, que en 2020 vino a taponar NTT y que en esta temporada ya ha bailado de ASSOS a NextHash, fue surgiendo una paulatina “desafricanización” de la estructura de Ryder. El equipo tuvo que asegurar resultados fichando aquí y allá, y tampoco se puede decir que la cosa haya salido especialmente bien. A excepción de Nizzolo y de la pujanza y pundonor de Campenaerts, junto a un Giro de Italia sorprendente, el resto de la temporada ha mantenido la línea de los últimos años.

El equipo de desarrollo ha sido el único rayo de esperanza, manteniendo, aquí sí, la apuesta por el ciclismo continental. Sin embargo, no es el caso de la estructura matriz. De los trece ciclistas africanos del histórico 2015 hemos llegado a los solo dos de 2021 (Reinardt Janse van Rensburg y Nic Dlamini). Y no precisamente para subir el nivel, pues de las 18 victorias del año del debut en la élite o las 32 del año siguiente (fórmula mágica EBH+Cavs), nos damos de bruces con la ridícula cifra de 5 en 2021 (Tres etapas del Giro, la Clásica de Almería y el Circuito de Getxo).

Una lástima ver languidecer a un proyecto que debía ayudar a la globalización ciclista, siendo la plataforma de los corredores africanos. Resulta incluso difícil ver cómo ciclistas de moda como el flamante medallista mundial sub23 Biniam Girmay ya no necesitan a Qhubeka para dar el salto, apostando por proyectos como el del belga Wanty.

Una nueva grieta en un WorldTour que sigue ampliando brechas, castigando al débil y pervirtiendo la esencia del deporte de competición, ante la impasible mirada de una UCI a la que le seguirá haciendo más gracia el olor de los petrodólares que las historias de la épica ciclista. Ojalá Qhubeka pueda permanecer en el pelotón, quizás dando un paso hacia atrás y recuperando su filosofía, su Ubuntu, y volviendo a ser un espejo para todos los jóvenes deportistas africanos que sueñan con hacer historia en las grandes carreras europeas.

Escrito por Víctor Díaz Gavito (@VictorGavito)
Foto: @ACampoPhoto

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