Historia

El efecto Perico

Cuando el equipo español Reynolds tomó la salida del Tour de Francia de 1983, el último compatriota en levantar los brazos en la línea de meta de una etapa de la Grande Boucle era Miguel María Lasa (el 8 de julio de 1978, en la jornada que había nacido en Burdeos y culminó en Biarritz). Había que remontarse a la figura del malogrado Luis Ocaña para recordar a uno de los nuestros portando la túnica amarilla que distingue al más rápido de todos los ciclistas, allá por el año 1973, y Txomin Perurena, en 1974, ostentaba idéntico privilegio en cuanto a la clasificación del mejor de los escaladores.

Cabría decir, por lo tanto, que España contaba con un papel de limitada relevancia, en los años previos a la celebración de aquel Tour del debut de la escuadra navarra, que partía con un equipo comandado por Ángel Arroyo (quien el año anterior había ganado en la carretera la Vuelta pero posteriormente había sido desposeído de su título por un positivo en la antepenúltima jornada, la de Navacerrada) y el jovencísimo Pedro Delgado.

Pocos podían pensar que, a la finalización de la ronda gala, Arroyo subiría al segundo escalón del cajón de la clasificación general (a cuatro minutos y cuatro segundos del francés Laurent Fignon) y que, además, vencería en la cronoescalada de Puy-de-Dôme.

Menos todavía cuando, en una de las primeras etapas, los del Reynolds sufren dos caídas… cuando aún el paquete transita por la neutralizada. Delgado recordaba, en un acto homenaje al equipo celebrado a finales de noviembre de 2019, que el resto de corredores siempre les culpaban a ellos o a los colombianos de tales percances: “Los españoles éramos como ciudadanos de segunda en el Tour. Teníamos la autoestima muy baja. Cada vez que había una caída en el pelotón, los europeos nos señalaban. Era culpa nuestra o de los colombianos. Llegábamos al hotel derrotados cada día».

Sin embargo, algo cambió para nuestra nación en aquel Tour.

Si hemos de creer a Perico, fue en esa edición cuando el segoviano adivinó que sus piernas escondían momentos de gestas y gloria con corolario de maillot amarillo en París: «Ya en el Tour de 1983 veo que puedo ganarlo porque lo había hecho bien sin una mayor preparación, con una mentalización muy baja y sin autoestima. En el 84, Fignon sí era imbatible y me rompo la clavícula. En el 85, me pongo enfermo. En el 86, muere mi madre. Y, en el 87, ya tenía la sensación de que estaba gafado para mí, pero acabo segundo. Y ese sueño recobró fuerza y se cumplió en 88».

Y a fe que se cumplió en 1988, pero, como en el caso de su jefe de filas en 1983, su victoria no llegaría exenta de polémica, porque, en aquel verano del 88, todos los españoles aprendimos a deletrear el impronunciable Probenecid, a la espera de que el hecho de que dicha sustancia no se hallara en la lista de medicamentos prohibidos por la UCI (sí lo estaba en la del COI), permitiera al bravo escalador coronarse en los Campos Elíseos.

Llámenlo “efecto Reynolds”, o como gusten. Pero, desde ese Tour de 1984, los nuestros ganan un protagonismo en la carrera del que, durante los años anteriores, habían carecido.

En el Tour 1984, Arroyo gana en Morzine y acaba sexto, mientras que Pedro Muñoz, además de ser el segundo mejor joven, lo hace octavo. Al año siguiente, Perico (que calca el sexto puesto en la general de Arroyo en la edición anterior) gana en Luz Ardiden, dos días después de que Chozas, que culminaría noveno, lo hubiera hecho en Aurillac.

En 1986, son cinco las victorias de etapa (Pello en Évreux, Sarrapio en Futuroscope, Delgado en Pau, Chozas en Le Granon y Gorospe en Saint-Étienne) y Pino se mete en la octava posición de la general final.

Antes de que Delgado gane el Tour 1988, en 1987, los españoles son primeros en cuatro segmentos, Delgado en Villar de Lans, Echave al día siguiente en Alpe d´Huez, Chozas dos días más tarde en Morzine-Avoriaz y Domínguez en Troyes en la séptima etapa. Delgado ve como Roche le arrebata el maillot en la agónica crono final de Dijon y el BH queda segundo por escuadras.

Del 88, además de la victoria de Delgado en la general, conviene refrescar las victorias de etapa del segoviano en Villard de Lans, de Lale Cubino en Luz Ardiden y de Juan Martínez Oliver en la crono de Santenay que anticipaba la llegada a París. Pino volvía a quedar octavo en la general y su equipo, el BH, repetía el segundo puesto en la clasificación por equipos.

En el 89, Delgado, tras su inenarrable despiste en el prólogo de Luxemburgo, culminará tercero, pero se verá a un joven Induráin venciendo en Cauterets. Lejarreta finalizará quinto en la general y el Reynolds segundo por equipos.

El año siguiente, en el 90, Chozas, Lejarreta e Induráin vencen en Saint-Étienne, Causse Noir y Luz Ardiden, respectivamente. Los tres serán top-ten (sexto, quinto y décimo), y además, Delgado finalizará cuarto. ONCE y Banesto se llevan el segundo y tercer puesto por equipos.

España ya era una potencia en el Tour, y olvidaba la siesta para ver a sus héroes por televisión. Lo mejor estaba, no obstante, aún por llegar. Puesto que el reinado se extiende, imperial, en las ediciones que discurren entre 1991 y 1995, cuando el nombre de Induráin se graba, en letras de oro, en la historia mundial del ciclismo. Su legado será la semilla de otras victorias posteriores en la general como las de Pereiro (2006, tras la eliminación de Landis), Contador (2007 y 2009) y Sastre (2008). En esa horquilla temporal, 1991-2010, los españoles lucen el maillot amarillo un total de 91 días.

Además, en las dos décadas que median entre 1991 y 2010, España se apunta un total de 47 victorias parciales, Óscar Freire gana la regularidad en 2008 y Sastre y Egoi Martínez aparecen con el maillot de topos en París en 2008 y 2009.

En Filosofía, se define la causalidad como la relación que se establece entre causa y efecto. En ciclismo, quizá no se pueda hablar de la causalidad de aquel Tour 1983, pero, lo cierto, es que fue, a partir de aquel momento, cuando el ciclista “moderno” español se sacudió sus temores y percibió que estaba llamado a ofrecer su mejor versión en la carrera por antonomasia.

Desde 2010 y hasta la fecha, el balance se presenta menos fructífero. Ningún ganador final (Contador fue descalificado en su victoria de 2010 por dopaje), “solo” 10 victorias de etapa, ningún día de maillot amarillo y la victoria de Samuel Sánchez, en 2011, como mejor escalador. Y los terceros puestos en la general de Purito en 2013) y de Valverde dos años después.

Quizá, de nuevo, haya que esperar ese “efecto Reynolds”…

Escrito por: Ángel Olmedo
Foto: Sirotti
Incluido en el nº2 de HC Magazine

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