Ciclistas Profesional

El encanto crepuscular de Nibali

Los tiburones atacan dos veces. ¿O eran los carteros? No, no tiene nada que ver con US Postal. Ni siquiera con Vincenzo Nibali. Bueno, algo sí. Dícese de la locura la privación de la razón. La razón está sujeta a conexiones con la realidad (o no). Y la realidad es que los mejores años de ‘lo Squalo’ parecen haberse evaporado. Una lástima, porque dan ganas de pompeizar ciclistas así, hacerles eternos, disecar sus radicales libres y hasta hacerles tener una charla de cinco minutos con el legendario Valverde. O recurrir a la lectura de la biografía de Jeannie Longo para conseguir prolongar, si no sus carreras, sí sus ansias por nuevos éxitos a los que dirigir horizontes a edades que ya sugieren una transformación forzosa de sus cualidades físicas. 

Los tiburones atacan dos veces. La primera de ellas logran dañar la carcasa del animal a devorar. La segunda acometida es cegada por la auténtica nube de sangre que les hace perder la razón, el contacto con la realidad. Irónicamente, se dice que Vincenzo ha sido y es uno de los ciclistas más inteligentes, uno de los mayores contactos con el suelo, sin que parezca que se alude a sus caídas. Los pies en la tierra, la ambición por las nubes. Incluso más allá, a lo Buzz Lightyear, como pudo comprobar el tulipán Steven Kruijswijk, para el que el contacto -por desgracia- con el suelo fue más que real, más allá de los 2700 metros de altitud del Agnello. 

Habiendo ganado todo lo que está a su alcance, lo menos que puede hacer Nibali es despedirse como le plazca, por decirlo de forma académica. Si quiere atacar, que ataque. Y si no quiere hacerlo, que no lo haga, que en la vida hay que probarlo todo. O eso dicen. Ya el hecho de contar con páginas de historia pedaleando por carreteras de leyenda es más que un regalo para los que disfrutamos de cualesquiera de su colección de recursos ofensivos. Incluso el insulto, aunque no se le conoce al italiano ninguna mala forma. Quizá por la falta de dominio precisamente del italiano por parte de sus rivales. 

Lo bueno de elegir el momento en el que decir basta es que en el periodo en el que te lo piensas puedes elegir qué ser, qué hacer. Y en ello está el corredor de Trek-Segafredo, que aún no tiene claro cuándo dirá adiós a ser noticia dentro del mundillo para empezar a preparar futuras leyendas que dejen su legado en mera anécdota. Igual que Vincenzo legó el peso de tantos años de historia intermedia entre él y Gimondi, pese a que Marco Pantani entró en la leyenda y de haber gozado de mayor continuidad bien podría haber sido la nueva boya del ciclismo italiano, la referencia, el baremo. Aún así, el ‘Pirata’ conoce muy bien el modus operandi de los tiburones, por aquello de poblar un mismo hábitat. Un mundo marino donde los peces que comen a otros serán los que naden por muchos años en los libros de historia, esos que los futuros valedores del ciclismo utilicen para inspirar la construcción de nuevas leyendas que contar. 

Cualesquiera que sean sus decisiones, una cosa está clara: todos somos de Nibali. Le tendríamos en nuestro equipo, le confiaríamos las llaves de nuestro destino (del ciclista). El mero hecho de legar los momentos vividos gracias a sus pedales (ciclistas, de nuevo) ya nos hace felices. Para los que hemos disfrutado de sus ascensos y descensos, de su suerte y su infortunio, de su risa y de su llanto, hay una frase que no nos cansaremos de repetir: yo le vi correr. 

Escrito por: Jorge Matesanz (@jorge_matesanz)
Foto: Sirotti

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