Entrevistas

Entrevista a «Chechu» Rubiera

Durante mucho tiempo considerado como uno de los mejores gregarios del pelotón, al servicio del rodillo de US Postal, el asturiano Chechu Rubiera es uno de los ciclistas más queridos y reconocidos en su región. Gran escalador, todavía muchos recuerdan sus cabalgadas en el Giro de Italia con el verdiblanco del legendario equipo Kelme, que tanto hizo recordar a la gran leyenda del «Tarangu». Top 10 en las generales de Vuelta a España y Giro, carrera en la que venció dos etapas en 1997 y 2000, y doble vencedor de la mítica Subida al Naranco en Oviedo.

¿Cómo empezaste en el mundo de la bici?

Desde que tengo uso de razón me recuerdo con la bicicleta. Tenía la suerte de vivir en una zona muy rural en la que no había casi tráfico. Así que desde los tres años ya andaba con la bici por la aldea, y con diez años ya tenía mi bici de carretera. Hacía mis pequeñas rutas, bajando del pueblo a Gijón, haciéndome mis 15 o 18 kilómetros. Lo pienso y me llama la atención cómo podíamos hacer esas cosas siendo niños. Ahora a mis hijos no les dejaría ir solos por la carretera a esa edad, es mucho más peligroso.

Con 14 años empecé a competir federado con la Escuela Ciclista de Las Mestas, que es un referente aquí en Asturias y a nivel nacional. De ella salieron también los Carlos Barredo, Dani Navarro, Iván Cortina, Luis Pasamontes… Por ahí comenzamos muchos futuros profesionales y le debemos mucho a Jesús Rodríguez, que sigue hoy al frente de la escuela.

Siempre tuve muchísima afición también como espectador. Recuerdo engancharme a la televisión a ver aquellas Vueltas a España con la música de Blanco y Negro, Tino Casal…

Supongo que además en aquella época en Asturias os engancharía haber tenido leyendas como Fuente o López Carril.

A mí me cogió muy pequeño, y en aquella época era difícil ver carreras en directo. Pero en los años 70 el nivel de corredores asturianos fue irrepetible. Podios en el Tour, victorias en la Vuelta, montaña en el Giro… Estaban Tarangu y López Carril, pero también Roxín, Ordiales, Balagué… Creo que fueron los mejores años del ciclismo asturiano, al margen de la figura de Samuel Sánchez, que fue algo más puntual.

Además, era una manera de correr muy distinta y que enganchaba mucho, con ataques suicidas desde muy lejos. Todo era muy de tú a tú, y ahora todo está mucho más anclado a los moldes de las súper estructuras, que desvirtúa un poco el puro espectáculo deportivo por una competición más táctica.

De todos ellos, el que más recuerdo dejó fue José Manuel Fuente, “El Tarangu”.

Sin duda fue un corredor especial. Tengo una anécdota que deja a las claras lo que fue como corredor. Yo tenía muy buena relación con Axel Merckx, nos llevábamos muy bien e incluso hacíamos concentraciones juntos en Tenerife. De hecho, mi hijo pequeño se llama Axel.

Un día le pregunté si se acordaba de un ciclista asturiano que se llamaba José Manuel Fuente. Él me miró asombrado y me dijo que por supuesto que se acordaba del “Tarangu” porque su padre siempre decía que era el corredor que más le había hecho sufrir.

Antes de dar el salto a profesionales, corres en el equipo amateur de Banesto, uno de los más potentes del pelotón español. ¿Qué recuerdas de esa época?

Fue un año que recuerdo con mucho cariño. Era el año 1994 y teníamos gente con mucho nivel. De aquel equipo pasamos una decena de corredores a profesionales en los años siguientes, en diferentes equipos. Ahí estaban Javier Pascual, Rafa Díaz Justo, Santi Blanco, Chente García Acosta, Carlos Sastre, Victoriano Fernández, Eduardo Hernández…

¿Cómo se fraguó tu paso a profesionales con Artiach y tu posterior llegada a la estructura del Kelme?

Fiché por Artiach dos años, y el primer año, cuando estaba viendo la Vuelta a España en casa, escuché que el equipo desaparecía, y fue un palo. Pero se cerró una puerta para abrirse otra, porque Kelme nos absorbió y entré en Kelme-Artiach. Ahí comencé un vínculo con Kelme que duró unos cuantos años.

Corriendo en Kelme encontraste tu espacio como ciclista, sobre todo en el Giro de Italia.

Para mí era una carrera en la que tenía mucha libertad, y no contaba con la presión de la Vuelta donde teníamos muchos más líderes en el equipo. En esa época el Kelme tenía corredorazos de la talla de Escartín, Sevilla, Botero, Heras, Chepe González…

Era además un calendario que me venía muy bien y que creo que es lo mejor, porque podía tener dos picos de forma muy distanciados entre sí en Giro y Vuelta. En otros años que hice Giro y Tour, o Tour y Vuelta, la segunda grande se te hace larga o te cuesta coger la forma.

¿Qué hace del Giro de Italia una carrera tan especial?

A mí el Giro siempre me ha gustado mucho. Los recorridos siempre son espectaculares, por zonas como los Dolomitas que son una maravilla también para el cicloturista. La alta montaña siempre llama mucho la atención, y en Italia hay mucha y de mucha calidad.

También influye mucho el aficionado. Es algo que comentamos mucho los ciclistas porque es un perfil de amante y entendido del ciclismo, a diferencia del Tour que congrega a perfiles más distintos, con mucho turista que va más a lo que envuelve al Tour que a la competición deportiva en sí. En Italia encuentras mucha más gente que conoce los equipos, la historia, te habla de Coppi, de Bartali…

Precisamente el Giro es tu primera gran vuelta en 1997, y no se te puede dar mejor. Etapa y top 10. ¿Un debut soñado?

Salí para Italia pensando en si sería capaz de acabarla, casi me conformaba con eso. Sin embargo, la recuerdo como la mejor gran vuelta de mi carrera. Llegar en mi tercer año como profesional y ganar la etapa reina y ser décimo en la general fue impresionante.

En los años siguientes seguí peleando para estar arriba, porque me había puesto un buen listón. Siempre pude luchar por hacer buenos puestos, pero vi que no podía aspirar a ganar generales o podios, había que ser muy completo y muy regular, y yo siempre solía tener un día malo y en las cronos no podía competir con los super contrarrelojistas.

En el año 2000 también logras una gran victoria de etapa ante todo un Gilberto Simoni.

Aquel día llegábamos a Selva di Valgardena y subíamos antes el Passo Sella. Me fugué con él y en la subida a Sella me dejó atrás. Pero me la jugué bajando porque sabía que al sprint era más rápido que él. Logré cazarlo e imponerme en la etapa.

Tú solías hacer Giro, y en luego en la Vuelta adoptabas un rol más secundario. ¿No echabas de menos ir al Tour?

Yo tenía muy claro mi calendario y me iban muy bien mis picos de forma, así que me gustaba centrarme en hacerlo bien en el Giro. En la Vuelta estaba cómodo asumiendo mi labor de gregario y si hubiera ido al Tour habría hecho lo mismo.

¿Cómo era el ambiente en el equipo con tantos corredores capaces de hacerlo bien en las carreras?

En Kelme el ambiente era buenísimo. Aunque hubiera tanto gallo, éramos incluso amigos y nos íbamos de vacaciones juntos. Por ejemplo, en la Vuelta del 2000, Hidalgo, presidente de Halcón Viajes, nos dijo que si ganábamos nos pagaba un viaje a Cuba. Fue uno de los mejores viajes que recuerdo, con todo el equipo y el staff y sus parejas, y fue fantástico. Teníamos un grupo muy divertido, con gente con muy buen humor, como Angel Edo.

Cuando terminábamos las cenas en los hoteles, siempre nos íbamos todos a tomar una infusión o un café para poder seguir la tertulia. Eso es algo que no he visto en ningún otro equipo. Cuando llegué al US Postal descubrí otro ambiente, mucho más profesionalizado.

¿Nunca te planteaste irte a un equipo más pequeño para tener más libertad en carrera?

En US Postal siempre me sentí a gusto y bien valorado por el equipo, y sabía que junto a Armstrong estaba viviendo cosas extraordinarias. No solo en el plano deportivo, si no en todo lo que rodeaba su figura. Podías estar en el autobús del equipo hablando con Robin Williams, o Schwarzenegger, o viajando en un avión privado… Son cosas que sabía que no volvería a vivir y que también tenían su encanto. Y, por supuesto, no nos vamos a engañar, estaba muy bien pagado.

Yo con el rol de gregario en el Tour estaba satisfecho, y al margen del Tour, sabía que podía tener posibilidades en muchas otras carreras. Si no las aproveché del todo no fue por falta de oportunidades sino porque había gente mejor.

La Vuelta de 1999 es tu mejor clasificación en una grande, al terminar sexto. Fue el estreno del Angliru, ¿cómo vive un asturiano un momento histórico tan importante?

Fue una etapa muy movida. Llovía. Subíamos Ventana y La Cobertoria, que en aquella época estaba muy mal, con el asfalto muy gastado y resbaladizo. En la bajada se cae Escartín y yo me quedo con él, pero él y Álvaro Pino me dicen que siga porque él no puede seguir.

Me lanzo en el descenso de Cobertoria, porque conocía el puerto y tenía mucha gente por delante. Fue una bajada dantesca, para no creer. En cada curva encontraba corredores por el suelo.

Empezamos el Cordal y llegamos muy pocos a la cima, y en la bajada vuelven las caídas, entre ellos Olano. Con el estrés del cambio de bicicleta se deja la rueda delantera de la bicicleta accidentada enganchada a la maleza. Esa rueda la tiene un chaval del Club Ciclista Colloto que cuando estaba viendo la etapa salió con su padre en el coche para cogerla.

La subida al Angliru fue un sálvese quien pueda. Yo subí con Ullrich casi todo el tiempo. Había muchísimo público, agua, los coches quemando el embrague… Un caos.

Hay una foto preciosa de Davide Bramati subido a una moto de la Guardia Civil con la bicicleta en el hombro, que creo que resume un poco lo que fue aquel día. David Millar tras cruzar la meta dice a los jueces que “esto es inhumano” y abandona.

Después, toda la historia de la aparición del Chava entre la niebla, superando a un Tonkov, que sigue asegurando que Jiménez se agarró a un coche… Yo creo que eso es imposible, había muchísima gente y hay fotos de casi cada palmo de la carretera, y no hay ninguna prueba de eso. Seguro que algún empujón le tuvo que caer, pero eso nos cayó a todos.

Al final llegué séptimo junto a Ullrich, que a la postre ganaría la carrera. Recuerdo ese día con mucho cariño porque fue una jornada muy especial, llena de incidentes y de tensión.

En tu época como corredor, pudiste estar en todos los finales en el Angliru. ¿Qué opinas del puerto más famoso de España?

He tenido ocasión de subirla en carrera en muchas ocasiones y, excepto el año que ganó Simoni, casi siempre con buenas sensaciones. Además, tengo muchas fotos y recuerdos porque siempre tengo mucha gente conocida siguiendo la etapa en las cunetas.

Sin embargo, yo no soy partidario de esas rampas tan duras que están tan de moda ahora, aunque es cierto también que en el ciclismo moderno los desarrollos permiten más este tipo de subidas. Creo que se está abandonando un poco el puerto más largo y tendido al que estábamos acostumbrados a ver en carreras como el Tour y el Giro. Parece que se buscan más subidas como el Zoncolan, Angliru, Cuitu Negru, Les Praeres… Son desniveles que yo veo desproporcionados y en los que no hay muchas diferencias.

A mí me costaba entender que tuviéramos que montar tres platos y tener a los mecánicos trabajando día y noche para poder subir un puerto como el Angliru. Añorábamos el ciclismo de los Coppi o Merckx, pero andábamos haciendo cosas como esa.

Aunque está claro también que las audiencias responden y de ahí vienen los sponsors.

En el 2000 en Kelme ganáis la Vuelta con Heras y tanto él como tú ficháis por US Postal. ¿Cómo surge aquel cambio?

Por mi parte, al acabar la Vuelta me llamó Johan Bruyneel y me dijo que necesitaban fortalecer el equipo de cara a la montaña y habían pensado en mí. Hablé con Kelme, porque estaba muy a gusto allí, pero sabía que, con el presupuesto del equipo, le resultaba difícil mantener a tanta gente fuerte. Así surgió mi fichaje por US Postal.

El caso de Roberto Heras yo lo supe bastante después de haber firmado, y la verdad que fue una gran noticia para mí, porque empezando en algo tan distinto se agradece tener gente conocida cerca y que hable tu idioma. Cuando llegamos los dos a Estados Unidos, parecíamos Paco Martínez Soria, no hablábamos inglés y era todo un mundo nuevo para nosotros.

¿Cuáles fueron los principales cambios que notaste de Kelme a US Postal?

El ambiente era completamente distinto, más frío y profesional. Pero era lo que necesitábamos para nuestros objetivos, mejorar sobre la bicicleta. A nivel de entrenamientos la mejora era sustancial. Según llegamos al equipo, nos pidieron poner un potenciómetro, cuando en el año 2001 no lo utilizaba nadie.

Las concentraciones de cara al Tour era algo muy llamativo también. Íbamos todo el equipo a hacer recorridos de etapas con Armstrong para visualizar la carrera. Eso en Kelme era impensable. Tanto por presupuesto como por tradición. Creo que Johan y Lance en eso y en muchas otras cosas fueron visionarios y pioneros, y muchas cosas de la preparación se siguen manteniendo en los equipos de hoy en día.

Lance Armstrong siempre se mostraba muy fino y físicamente muy bien desde el principio de temporada, en una época en la que muchos parecían dejarse llevar en invierno. ¿Cómo era el tejano en los entrenamientos?

Como deportista yo no conocí a nadie como Armstrong en cuanto a preparación física y mental para sus objetivos. Él tenía una capacidad increíble para ponerse en forma, e incluso sus ejercicios en el gimnasio eran más suaves que los del resto porque tenía mucha facilidad para coger musculatura. Su capacidad genética y muscular era otra dimensión respecto al resto del equipo.

Si lo comparas con otros corredores de su época, se nota mucho esa diferencia. Jan Ullrich por ejemplo, llegaba siempre pasado de peso al inicio de temporada. Se decía de él que en los entrenamientos era capaz de pararse en un bar de carretera y zamparse un brazo de gitana entero.

Recuerdo una Vuelta a Murcia en la que yo estaba bastante bien, y Lance estaba todavía cogiendo forma, pero ya estaba muy fino físicamente. Cuando terminamos me dijo que me fuera con él a entrenar a Tenerife. Yo intentaba hacer la carga de trabajo que él hacía, pero esa carga de trabajo solo estaba al alcance de una bestia como él. Después nos fuimos a una carrera a Francia y me tuve que bajar de la bici porque no podía ni con el culotte; y él la ganó.

¿Y cómo era el corredor americano en el trato personal?

Todo el mundo tiene la imagen de Lance que él daba de puertas para fuera, con los medios o la gente que no conocía, de persona distante e incluso arrogante. Sin embargo, con la gente de confianza siempre fue muy atento, muy generoso y agradecido con los que le ayudábamos en el Tour.

Háblanos de tu primer Tour de Francia en 2001, en el que te estrenas como gregario de Lance en su gran objetivo del año.

Salíamos de Dunkerque. En el equipo estaba Cédric Vasseur, pero se quedó fuera del Tour, y ya desde el primer día los franceses nos recibieron con abucheos y críticas.

Para aquel Tour habíamos llegado un bloque nuevo de gente para la montaña, pero creo que en las concentraciones previas nos habíamos exigido demasiado y no todos estaban con las piernas que esperábamos. Estábamos en la zona roja de lo que el cuerpo puede asimilar e hizo que algunos corredores muy buenos como Heras o Van de Velde no dieran el rendimiento que se presumía.

Sin embargo, yo había estado parado antes del Tour por una condropatía tras la Bicicleta Vasca, y creo que eso hizo que yo me librara de ese bajón que tuvieron otros corredores del equipo.

Me encontré muy bien en aquel Tour, para ser mi debut podía estar muy satisfecho.

Recordamos la etapa del Alpe d’Huez de esa edición. Lance parecía ir a cola sufriendo y Telekom pone ritmo con Guerini, pero cuando llega la mítica ascensión, aparece Chechu Rubiera con un arranque de puerto memorable. Ese día los titulares eran para Lance, pero tú ocupaste un lugar protagonista en las crónicas. ¿Cómo te sentiste?

La clave de ese día fue la interpretación de Armstrong. En el primer puerto ya nos quedamos solos Lance, Roberto y yo, y veíamos que no íbamos a poder controlar la carrera porque estábamos muy lejos de meta. Así que la estrategia de Johan, pero sobre todo de Lance, fue ir a cola para hacer que otros tomaran el control. Él mismo nos dijo que iría atrás, dando sensación de ir mal, y que así el Telekom querría dar ritmo a la carrera y no tendríamos que trabajar.

Salió el guion como esperábamos y cuando llegamos a pie de Alpe d’Huez, Lance me dijo que me fuera para adelante y atacáramos. La verdad que yo pequé de ganas y del ímpetu de ser mi primer Tour e hice un cambio de ritmo demasiado brusco, porque no es normal dejar al líder delante a nueve kilómetros de meta. Lo normal hubiera sido regular más el ritmo y aguantar un poco más haciendo una selección progresiva, como hice en años posteriores. Pero él iba detrás y me decía Go, go, go! y yo me dije: “pues a tope hasta que reviente”.

Cuando veo las imágenes me doy cuenta de cómo reviento, literalmente paro de dar pedales. Y él mira hacia atrás, ve cómo están todos, y sigue manteniendo esa velocidad hasta la cima. Ahí sentenció el Tour porque la superioridad con la que ganó aquella etapa fue arrolladora.

¿Y tú cómo llegaste hasta arriba?

Es una situación que se repite durante todos los años que corro con Armstrong. Yo marco el ritmo que me pide Lance hasta que no puedo más, me aparto y subo tranquilamente, recuperando para estar lo mejor posible al día siguiente. Creo que para mi trabajo era mucho mejor eso que estar retorciéndome para hacer un top 20 en la general.

Recuerdo un día que le dije a Lance que estábamos segundos en la clasificación por equipos y yo levantaba el pie todos los días. Él cogió las hojas de las clasificaciones, se fue a la primera página donde venía la general individual y me dijo: “esta es la que nos tiene que importar. Haces bien tu trabajo, así que sigue así”.

Además, eso me permitía vivir las subidas finales de otra manera, disfrutando también del público, sobre todo en Pirineos donde siempre encontrabas incluso a amigos y a gente conocida.

¿Cómo viviste la sucesión de cinco Tours que vencisteis con US Postal? ¿Quizás fue en 2003 donde más difícil lo visteis?

El de 2003 fue un año muy difícil para Lance. Se separó de su mujer, en Dauphiné tuvo una caída en la que se hizo un corte y perdió bastante sangre, una semana antes del Tour tuvo una intoxicación alimenticia… Empezó cruzado desde el principio.

Para mí ese Tour lo salvó en Luz Ardiden, el día que se cayó con Mayo al engancharse con una bolsa. Lanzó un ataque final que creo que fue clave para salvar el Tour. Creo que, si Ullrich hubiera sabido ver la debilidad oculta de Lance, se habría llevado ese Tour. Recuerdo que en la crono final estábamos todos viendo la etapa con miedo, sabiendo que podríamos a perder la carrera. La caída del alemán fue lo que nos hizo ver que teníamos el amarillo en las manos.

Pienso que Jan llevaba tantos años ya sin poder batir a Lance, que se había hecho más conservador, y eso nos favoreció.

¿Hubo algún día concreto en ese Tour en el que vieras que Lance estaba especialmente mal o que podía sufrir más de lo habitual?

Hubo una etapa en la que me metí en una fuga muy grande de salida, el día que ganó Carlos Sastre en Ax 3 Domaines. Mi posición era muy ventajosa porque no necesitaba dar relevo a nadie. La gente se fue quedando y a pie de Pailhères, Johan me dijo que tirara a por la etapa. Puse ritmo y en la subida me quedé solo en cabeza. En el valle de aproximación a la ascensión final, me cogieron Sastre y Mercado, pero yo me veía muy bien.

Cuando llevábamos un par de kilómetros de ascensión, Johan me mandó parara porque Lance iba solo. Esperé a Armstrong y le puse un ritmo, pero veía que yo iba muy bien y en algunos momentos se me iba la mano con la fuerza. En un par de ocasiones Lance me dio un grito para que bajara el pistón. En uno de esos gritos, Ullrich se dio cuenta y arrancó a tres de meta, y Lance no pudo seguirlo. Creo que ese día, si Jan ataca antes, se lleva el Tour de Francia.

A mí se me quedó la espinita clavada porque creo que tenía piernas para ganar la etapa, aunque sabía cuál era mi función en el equipo.

¿Cómo fue el regreso de Lance en 2009?

Estábamos en Vuelta a España 2008, en Astana, con Contador ganando la carrera, y empezamos a leer en redes que alguien decía que Lance volvía al ciclismo. Al principio nos lo tomamos un poco a risa y hacíamos bromas con el rumor, pero Alberto estaba con la mosca detrás de la oreja, creo que tenía ya algo más de información.

Se confirma entonces su llegada al equipo y hacemos una primera concentración en Tenerife. Ahí la cosa ya pinta muy mal, porque se veía que aquellos dos gallos eran incapaces de convivir en el mismo corral.

Afortunadamente yo no estuve en aquel Tour, porque creo que fue algo más que difícil de gestionar, con momentos de muchísima tensión.

El ambiente en el equipo era insufrible. Parece que siempre tenías que posicionarte por alguno de los dos para todo, y eso no es manera de funcionar en ningún caso.

Creo que, con el tiempo, todos coincidimos en que su regreso fue una mala decisión. Si no hubiera vuelto, creo que la situación habría sido distinta para él.

Después de aquel convulso 2009, se separan los caminos en Astana y tú te vas con Armstrong a RadioSchack. Ese momento debió de ser complicado porque todos miraban quién era fiel a Contador y quién se iba con Lance.

En Astana el ambiente estaba muy enrarecido y yo tenía una gran relación con Lance y Johan, así que me parecía una decisión buena para mí. Además, Astana no me ofreció seguir, así que tampoco me lo pusieron muy difícil.

Ese 2010, tu último año, le ponen tu nombre a una cima de la Vuelta a España, Cotobello, y te quedas sin subirlo.

Fue duro, porque no nos invitaron a la Vuelta y me habría encantado participar como último año de mi carrera y subir a Cotobello, que es un puerto muy bonito.

¿Sigues saliendo en bicicleta? ¿Cómo vives el ciclismo actualmente?

Ahora disfruto del ciclismo mucho más, como cuando era alevín o juvenil. Cuando eres profesional, y más en un equipo como el de Lance, te metes en una exigencia y una presión constante que te mina y te causa estrés. Es verdad que cuando estás bien, se disfruta porque te ves fuerte, pero cuando las cosas están mal es muy duro. Cuando veo noticias como las de Dumoulin o Martín Bouzas, lo entiendo perfectamente.

En cambio, actualmente puedo salir con la bicicleta, disfrutar de la gente, los paisajes, pararme cuando quiero, ponerme a prueba cuando me apetece… es un auténtico placer.

Siendo asturiano, habrás podido entrenar por muchas zonas interesantes. ¿Cuál era tu puerto preferido a la hora de entrenar?

La Cubilla es un puerto al que iba mucho cuando quería hacer subidas largas tipo Tour o Giro. Es una subida que no tiene mucho desnivel, pero en la que puedes trabajar el umbral de vatios y mantenerlo durante 40-45 minutos. Eso en Asturias no es fácil porque, o son puertos más cortos, o son subidas con desniveles muy fuertes en los que es más complicado mantener una cadencia y hacer ese tipo de trabajo.

En mi entorno hay multitud de puertos, aunque suelen ser más cortos, pero preciosos. Además, hay mucha variedad para disfrutar de la bicicleta.

¿Crees que se aprovecha bien Asturias en la Vuelta a España, a nivel de recorridos?

Creo que sí, y lo demuestra Javier Guillén, que siempre hace patente lo que supone a nivel mediático traer la Vuelta a esta región, porque permite hacer trazados espectaculares. Hay muchos escenarios para ofrecer novedades, aunque creo que hay demasiada variación por los intereses y las presiones de los concejos en busca de atractivos turísticos. Si echas la vista atrás ves que hay subidas a las que se les dio mucha publicidad y se han subido ese año solamente.

Este año se estrena el Gamoniteiru, que se adapta mucho más a lo que a mí me gusta, a esos puertos largos y duros que deportivamente son más interesantes.

Pienso que en Asturias sería posible y bonito hacer un circuito tipo Campeonato del Mundo, con alto kilometraje y con una subida exigente, en la zona centro donde se concentra la mayoría de la población. Creo que sería espectacular porque además tendría mucho público presente. Si tuviera capacidad de decisión en la Vuelta, apostaría por algo de ese estilo.

De todas formas, creo que en la Vuelta a España se está haciendo un gran trabajo y se están viendo carreras espectaculares. En lo deportivo creo que está comiendo terreno al Giro y al Tour. Especialmente en el Tour, en los últimos años hay ediciones que me han resultado hasta aburridas, muy predecibles.

¿Cuál es el puerto donde peor lo has pasado como corredor?

Más que del puerto, depende mucho de en qué estado te encuentras cuando afrontas la subida. Tengo recuerdos de sufrir mucho, tanto en lo físico como en lo psicológico en el Tourmalet, Angliru, Mortirolo, Zoncolan… te podría decir muchos.

Si tuvieras que destacar al mejor corredor con el que hayas convivido, a nivel más humano que deportivo, ¿con quién te quedarías?.

Tengo mucha suerte porque cuento con muy buenos amigos. Podría decirte unos cuantos y me dejaría alguno por el camino. Por darte un ejemplo de los últimos años, me lo pasé especialmente bien con Markel Irízar, una persona que transmite un optimismo y unas ganas de vivir que merecen mucho la pena.

También destacaría a Triki Beltrán, con el que compartí muchos momentos en US Postal, una persona muy alegre. O a Javier Pascual, al que veo mucho porque vive en León y con quien ya compartí equipo en amateurs en Banesto y en profesionales en Kelme.

En el deporte de competición, con tantas horas lejos de casa, creas tu propia familia con la que tienes relación para toda la vida.

Has corrido con Indurain, Bugno, Pantani, Armstrong, Ullrich, Contador… Háblanos de alguno de ellos.

A Miguel Indurain le sigo teniendo total admiración hoy en día, tanto a nivel deportivo como humano. En el pelotón jamás tenía una mala palabra para nadie, transmitía muchísima humildad.

Recuerdo en una Vuelta a los Valles Mineros, en la que Marcos Serrano le hizo un movimiento brusco delante, que casi lo tira al suelo. Indurain reaccionó levantando el puño ante el susto, pero no dijo ni una palabra, cuando otro habría soltado toda una retahíla de insultos y malas palabras. Para mí eso fue una demostración de clase. En lo deportivo recuerdo sus arrancadas en las carreras de inicio de temporada.

En una Vuelta a la Rioja, se nos fue una fuga y nos pusimos Artiach, Euskadi y algún equipo más a tirar a muerte y no había manera de cerrar el hueco. Cuando llegamos a meta pregunté cómo habían ido tan organizados delante para poder rodar así, y me dijeron que solo tiraba Indurain.

Marco Pantani era un espectáculo como escalador. Cuando arrancaba era impresionante verlo flotar sobre los pedales. También era muy respetuoso, muy callado, introvertido, quizás demasiado. Era muy raro verlo hablar con alguien. Siempre iba en el pelotón rodeado de sus compañeros de equipo, en una especie de burbuja.

Un sueño que te haya quedado por cumplir como ciclista.

Me hubiese haber ganado etapa en las tres grandes, como Gárate o Lastras. Yo solo gané en el Giro; aunque me quedé muy cerca alguna vez en la Vuelta y en el Tour.

¿Qué opinas del ciclismo actual? ¿Qué medidas tomarías para mejorar la competitividad en las grandes vueltas?

Yo soy partidario de reducir el número de corredores por equipo en las grandes vueltas. Creo que, si el líder se queda solo antes, sería un aliciente importante, y permitiría también que hubiera más equipos para mover la carrera.

Es increíble ver lo que han ido creciendo los presupuestos de los equipos. Yo que venía de Artiach, o incluso Kelme, que eran equipos económicamente modestos, hasta lo que hay ahora, se multiplica casi por cien.

¿A qué te dedicas actualmente? ¿Sigues entrenado a los jóvenes ciclistas asturianos?

Estuve echando una mano en la Federación, con los juveniles, donde disfruté mucho y tuve a corredores como Iván Cortina. Pero cuando empezó todo el escándalo de Armstrong, decidí desvincularme de la Federación para que no hubiera problemas. Ahora echo una mano a todo el que me lo pide, pero de manera puntual y desinteresada, como con la Escuela Ciclista de Las Mestas. Sigo muy vinculado a la bicicleta porque trabajo en la marca asturiana MMR.

Entrevista: Jorge Matesanz (@jorge_matesanz)
Fotos: Sirotti
Incluido en el nº2 de HC Magazine

Una respuesta

  1. Entrañable reportaje con un gran ciclista y una excelente persona.

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