Entrevistas

Entrevista a David Arroyo

El ciclista de Talavera de la Reina se destacó por ser un corredor combativo, de esos a los que les gusta meterse en fugas y pelear cada jornada a base de pundonor. De esta manera, logró victorias importantes, como el Campeonato de España sub23 y etapas Vuelta a España y Volta a Portugal, entre otros resultados. Recordado por la afición española por aquel Giro de Italia de 2010, en el que nos hizo soñar en rosa frente a la potente armada verde de Liquigas.

¿Cómo entraste en el mundo del ciclismo?

Empecé a los 14 años a modo de hobby. Quería hacer alguna actividad física y me compré una bicicleta. El hijo del propietario de la tienda también andaba en bici y me animó a probar. Al año siguiente, comencé en cadetes en un equipo de Parla. Poco a poco fui cogiéndole el gusto, y en el segundo año de juveniles empecé a lograr algún buen resultado. A mi padre le gustaba mucho el ciclismo y yo ya veía a los Perico, Induráin y compañía y me fue entrando un gusanillo que sigue presente hoy.

¿Cómo puede salir escalador un chaval de Talavera de la Reina que empieza a competir en Parla?

Al final siempre hay unas condiciones o una genética que te predestinan a u n tipo de características. Puedes trabajar otros aspectos y potenciarlos, pero normalmente tiendes a convertirte en uno u otro perfil por tus condiciones físicas.

En el año 2000 te proclamas Campeón de España sub23 en Murcia. ¿Qué supuso esa victoria para ti?

Ya había participado el año anterior y era un acontecimiento que me llamaba mucho la atención y preparaba con mucho mimo. Siempre me pareció algo muy bonito poder ser campeón de tu país.

En el del 99 había esperado hasta el final y no me fue bien, así que esta vez probé a meterme en la pelea desde el principio. Al poco de salir nos fuimos un grupo que se fue desgranando con el paso de los kilómetros. En la última subida a la Fuensanta, hubo muchos palos, con Miguel Martínez, Xavi Tondo… Aguanté y lancé el ataque en el falso llano posterior, a poco más de 10 km a meta. Fui abriendo hueco y seguí adelante, hasta meta.

La temporada siguiente ya das el salto al profesionalismo de la mano de la O.N.C.E. de Manolo Saiz. ¿Cómo fue la experiencia con él y su equipo?

Para mí, con 21 años, llegar a un equipo con la trayectoria y las figuras de la O.N.C.E., era un auténtico sueño. Estaba ilusionadísimo y dispuesto a trabajar y hacer todo lo que me pidieran. Recuerdo que la primera concentración se me hizo durísima, con tanto fondo y exigencia.

Estuve tres años en el equipo y aprendí muchísimo del oficio. Me llevaron con paciencia y empecé corriendo pocas carreras y aumentando el ritmo cada temporada. A Manolo le tengo que agradecer la oportunidad y haberme enseñado lo que supone ser ciclista en cuanto a trabajo, sacrifico y entrenamiento.

En 2003 corres la París-Niza, marcada por el fallecimiento de Andrei Kivilev. Lucháis la general con Mikel Zarrabeitia ante Vinokourov. ¿Cómo fue aquella experiencia?

Recuerdo el accidente de Kivilev porque yo ese día iba en fuga y me lo contaron cuando nos neutralizaron. Estaba todo el pelotón asustado y al día siguiente, hicimos la etapa en grupo, todos en shock.

Pese a ese momento tan duro, fue una carrera muy especial. Con 23 años, en tu primera París-Niza, sentirte parte de un equipo que pelea por la general es increíble. Cuando tienes un objetivo tan claro y ambicioso, notas que das un salto de calidad a nivel mental y rindes mucho más de lo esperado.

La O.N.C.E. desaparece al final de esa temporada 2003, y te vas a Portugal. ¿Por qué Portugal?

Manolo me ofreció seguir en la estructura, pero la situación era un poco confusa y en noviembre no teníamos nada firmado todavía. Me llamó mi representante para contarme la oferta de Portugal. Yo quería asegurarme seguir corriendo, así que tomé la decisión de irme a L.A. – Pecol.

¿Te pesó esa decisión a posteriori?

Para nada. Reconozco que llegué al equipo con cierto miedo de lo que me iba a encontrar, porque venía de una estructura tan grande como la O.N.C.E. Pero desde la primera concentración me sorprendió la seriedad y el buen trabajo de todo el mundo. El manager, Americo Silva, fue muy atento desde el primer momento, cumpliendo con todo lo prometido. Éramos un equipo pequeño, con una plantilla y staff cortos, así que corríamos casi siempre juntos. La gente en Portugal es muy abierta. Llegamos incluso a viajar a Chile para correr juntos, así que logramos tener un ambiente familiar muy agradable.

Ese año logras dos etapas en la siempre exigente Volta a Portugal.

Para el arranque de temporada Americo me dijo que haríamos las pruebas de inicio de temporada en Portugal para los compañeros de allí, y yo haría Castilla y León y Asturias. Tuve actuaciones bastante buenas y después en junio me pidió que descansara y me preparar con la mente puesta en el gran objetivo del equipo. Llegamos muy fuertes a la Volta, con un equipazo donde estaban también Nuno Ribeiro y Candido Barbosa, y nos fue muy bien. Terminé la carrera muy satisfecho, con mentalización y trabajo siempre sale todo mucho mejor.

Entonces llega la oferta de Illes Balears y decides volver al pelotón español.

Me habían ofrecido dos años de renovación en Portugal, pero a última hora me surgió la opción de irme con Eusebio y era una oportunidad que no podía dejar pasar. Era joven y se me brindaba la posibilidad de correr grandes vueltas y ver hasta dónde podía crecer como ciclista.

Fueron ocho años en la estructura de Unzué, de Illes Balears a Caissse d’Epargne y Movistar, con un gran calendario y rodeado de buenísimos ciclistas.

De hecho, en esa temporada ya debutas en todo un Tour de Francia. ¿Cómo viviste ese momento?

En aquella época la primera semana o diez días eran etapas llanas para velocistas, con menos variedad que hoy en día. Llegas sin saber muy bien lo que te vas a encontrar, porque por la tele igual parece fácil correr en pelotón. Pero para mí aquello fue un ejercicio de supervivencia. Recuerdo que con Samuel Dumoulin, David Moncoutié y algún otro, llegábamos siempre los últimos de la etapa y a veces solo pensabas en bajarte de la bicicleta y dejar de sufrir. Conseguí aguantar y cuando llegó la montaña ya me fui encontrando mejor.

En el Tour, y sobre todo con aquel diseño de carrera, la experiencia es fundamental.

¿Cómo fue correr con aquel joven Alejandro Valverde que llegaba del Kelme y ya ganaba a Armstrong en Courchevel?

Con Valverde se agotan los calificativos. No hay palabras para explicar lo que le veíamos hacer. Daba igual el momento del año, las circunstancias o el número de días de competición, que siempre estaba para ganar. No puedo mostrar más que admiración por todo lo que ha hecho como ciclista y como persona. Creo que además ha sabido adaptarse y ser inteligente para correr en función de su momento y de su edad con el paso de los años.

Háblanos del Tour de 2006. Llegáis con Valverde de líder, pero se rompe la clavícula y abandona. Después llegaría la fuga de Pereiro, que se viste de amarillo, y la contra de Landis a continuación. ¿Cómo vivís esa etapa?

Recuerdo que, a 5 kilómetros de coronar el primer puerto del día, el Col de Saisies, el Phonak se puso como si lanzaran el treno de Cipollini. Hacían series de 500 metros y se apartaban. Perdiguero hizo un kilómetro brutal y nos hizo abrirnos a todos. Destrozaron el pelotón. Decidimos regular para poder tirar después. En el llano antes de Joux-Plane se puso CSC a colaborar y pensábamos que podríamos reducir la ventaja, pero no había manera. Todavía llegó sobrado para celebrar con la pierna sobre el manillar. Fue algo inconcebible, ciencia ficción, algo que no se olvida.

¿Puede haber sido la etapa más dura que has corrido?

En lo psicológico es posible, porque estabas viendo que un hombre solo por delante te estaba quitando el Tour de Francia y con gente como Voigt, O’Grady o Zandio no podías recortar ni un segundo.

¿Qué recuerdas de tu victoria en Segovia, en la Vuelta de 2008 ante un percherón como Kryienka, que luego fue compañero vuestro?

En Navacerrada se hizo un corte grande y se había metido Purito, así que Alberto Contador puso a Astana a tirar para cerrar el hueco. Nos cogieron en Navafría, pero en el típico momento de impasse después de la neutralización, se lanzó Julien Loubet para abajo y nos fuimos Kiryenka y yo con él. A mí me dijo Eusebio que no entrara al relevo porque queríamos apostar por el final, que era muy bueno para Valverde. Kiryenka se puso en modo locomotora y no había quien le diera caza. Loubet entró a los relevos y acabó reventando. Si yo hubiera relevado habría explotado también porque el bielorruso estaba desbocado. Me aproveché de haber ido a rueda para arrancarle al final y ganar la etapa. Al día siguiente le pedí disculpas porque yo estaba cumpliendo los intereses de mi equipo.

Luego fuimos compañeros y entablamos una buena amistad. Un auténtico currante con muchísimo motor, y, aunque era muy serio, cuando abría la boca podía llegar a ser muy divertido.

A partir de ahí empiezas a ir como jefe de filas al Giro de Italia, que se convierte en una carrera especial para ti.

Los grandes objetivos del equipo cada año eran el Tour y la Vuelta, así que el Giro servía para probar y darnos oportunidades bonitas a otros corredores, con mucha libertad. Era una buena ocasión para mí de probarme y tener más responsabilidad para luego trabajar para mis líderes en el Tour.

Desde el primer año se me dio bien y logré buenas generales. Es una carrera en la que cada día pasan cosas y se me hacía mucho más divertidas que el Tour, donde los primeros días se me hacían eternos. La forma de correr en Italia se me adaptaba mucho mejor. Además, la orografía permite recorridos muy ricos en alternativas, y la gente se vuelca con la prueba. El ambiente es maravilloso.

¿Cómo se formó la escapada de L’Aquila en la que la liaste en 2010?

Fue una etapa muy rara. Salíamos por una carretera general muy ancha y al poco se subía un puertecillo siempre por esa carretera. Yo veía que iban saltando grupitos y más grupitos y nadie se movía. Veía a Garzelli y compañía tranquilos y decidí saltar con el próximo que se fuera. Salió un corredor y me fui tras él a un kilómetro de coronar. Entramos en el grupo de cabeza nada más coronar y veía que ya se había abierto hueco y estábamos cincuenta ciclistas delante. Con un grupo así, solo con pasar y hacer la ruleta era casi imposible que pudieran neutralizar. Fue algo que sucede una vez cada muchísimos años.

A raíz de esa fuga acabas vistiéndote de rosa y lo pasan muy mal para arrebatártela. Todos recordamos esa etapa del Mortirolo, cómo te lo hicieron pasar mal y la bajada que te marcas hasta Edolo para llegar con Vinokourov. ¿Cómo lo recuerdas tú?

Esa edición Liquigas iba con un auténtico equipazo y tenía clarísimo que quería ganar el Giro. Hicieron la etapa durísima desde el principio y en el Mortirolo pusieron un ritmo muy agresivo desde abajo. Decidimos abrirnos y subir a ritmo, modo cronoescalada, para minimizar pérdidas.

Cuando coroné, sabía que tenía que arriesgar y lanzarme para abajo a muerte hasta meta. No conocía la bajada, pero con la mentalización y la ambición bajé como si conociera cada curva, me sentía como si hubiera soñado con ese descenso.

Al final no pude retener la maglia, pero tal y como estaba Liquigas, creo que, si no la hubiera perdido en el Mortirolo, la habría perdido al día siguiente en el Stelvio.

¿Qué pasó con Vinkourov cuando llegaste al valle? ¿Os mandaron parar o qué sucedió?

Cuando llegamos abajo yo quería pasar con él, porque yo iba totalmente cebado para tirar hacia delante. Vinokourov me decía que ya los teníamos y me animaba a pasar. Pero nos dijeron que venían por detrás Evans, Sastre y Gadret, que si levantábamos el pie luego haríamos un buen grupo y sería mejor para subir Aprica.

Hablé con Vinokourov, y me dijo que, si no tirábamos hacia delante y esperábamos, él no iba a colaborar más. Cuando llegó el grupo, Vinkourov ya no tiró más. Sastre y Evans tampoco estaban por la labor, así que al final me tocó a mí hacer todo el desgaste solo.

No me reprocho nada porque tomé la decisión que me parecía mejor en el momento, pero es cierto que si lo piensas ahora puede que si nos hubiéramos ido Vino y yo hacia adelante, podríamos haber salvado el día mejor, porque estábamos a muy poca distancia.

También creo que, visto la que liaron después en el Stelvio, si hubiera llegado de rosa ese día, habría perdido hasta el apellido.

Cuando terminas tu etapa con Movistar, recalas en Caja Rural. ¿Cómo se plantea ese cambio y qué tal fue la experiencia?

Los dos últimos años en Movistar no fueron especialmente bien y el equipo toma la decisión de que no siga en el equipo. Me surgió la opción de Caja Rural, un equipo más modesto, pero en pleno crecimiento y con muchas ganas de hacer bien las cosas. Así que decidí aceptar porque me daban la opción de buscar hacer buenos puestos e intentar brillar en Vuelta a España.

Vas viendo que los años no pasan en balde y llega gente nueva con nivel, así que cambio la forma de correr y me centro en lo que más me gusta, luchar por filtrarme en fugas y pelear victorias parciales. También asumo el rol de ayudar a los más jóvenes a coger experiencia y a adaptarse a la categoría, porque el cambio desde amateurs es muy grande.

Terminas tu carrera en Portugal, en las filas de Efapel.

Como comentaba antes, en 2004 pasé muy buen año en Portugal y siempre pensé que sería un lugar bonito para acabar mi carrera. En 2017 ya pensaba en la retirada, pero me ofrecieron la posibilidad de correr en Efapel y no lo dudé, era una llamada del destino. Era una buena opción para seguir disfrutando del ciclismo un año más.  Además, estaba Chuchi del Pino, con el que llevaba más de diez años entrenando juntos.

¿Cuál ha sido tu mejor y tu peor momento en la bici?

Los mejores momentos, el podio del Giro con mi hijo en brazos y mi primera victoria profesional. En cuanto al peor momento, quizás el día en que llegó la hora de colgar la bicicleta después de dieciocho años de carrera; es algo que toca, pero decir adiós a algo que ha sido tu pasión, tu hobby y tu profesión da cierta añoranza.

¿Cuál es el puerto más duro que has subido como ciclista?

 Por dureza, el Angliru, que lo afronté en fuga con Cardoso el año que ganó Elissonde y trabajé para él a tope al inicio y se me hizo durísimo. Por sensaciones y sufrimiento, el Zoncolan, porque ahí sí tuve que agonizar hasta arriba, se me hizo “pelota”.

El mejor compañero que has tenido en tu carrera.

Rafael Díaz Justo. Fuimos compañeros cuando empecé como neoprofesional en la O.N.C.E., viajamos mucho juntos, entrenamos, y entablamos una gran amistad que se mantiene actualmente. Me enseñó muchísimo en el ciclismo. Él pasó de ser un matador en amateur para convertirse en un gran gregario. Sus consejos me sirvieron para entender que cada uno tenemos que asumir nuestro rol en el pelotón.

¿Hay algo que se te haya quedado por hacer en el ciclismo?

No hay nada más que le pueda pedir a mi carrera. Estoy muy satisfecho con todo lo que he hecho, la gente que he conocido, los lugares que he descubierto… He tenido pocas victorias, pero las he disfrutado y trabajado al máximo. No tengo ningún pero que poner.

¿Cómo ves el ciclismo de hoy, con jóvenes de 20 años que ya son estrellas y parece que se están comiendo el mundo?

El ciclismo ha cambiado mucho. Se ha perdido el ambiente familiar que había para convertirse en un negocio. Las inversiones de las empresas buscan objetivos deportivos muy ambiciosos y las plantillas se configuran con esa idea. Todo se decide por mínimos detalles y está todo muy medido y calculado.

Creo que, con los niveles de intensidad y exigencia física y, sobre todo, mental, hará que la carrera de los ciclistas sea más corta. Sinceramente, pienso que a mí no me gustaría correr en profesionales en la actualidad. Es la sensación que me da desde fuera, parece que hay mucha presión y eso genera demasiado stress.

Entrevista y transcripción: Jorge Matesanz / Víctor Díaz Gavito

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