Historia

Gardeccia: décimo aniversario de la exaltación de la épica

Octubre de 2010. Angelo Zomegnan desvela la ruta que los ciclistas tendrán que afrontar el mayo siguiente, es decir, el mes de mayo de 2011. Entre la ristra de montañas y valles a atravesar resuena el nombre de una etapa que es pura delicia sólo por los nombres que incluye, todos míticos que en conjunto elaboran la fórmula perfecta para ilusionar por un lado y asustar por el otro: Piancavallo, Cibiana, Giau, Marmolada, Gardeccia. En nada menos que 230 kilómetros de absoluta tortura para las piernas, pero disfrute de los sentidos. Más de seis mil metros de desnivel que configuran un récord absoluto en la carrera italiana. Fue, además, la mañana posterior a la suspensión del Monte Crostis, el caos que generó aquella etapa y la enésima batalla entre Vincenzo Nibali y Alberto Contador, un duelo que enfrentaba quizá a los dos ciclistas más valientes del panorama internacional cara a cara. 

22 de mayo. El cielo amanece inquieto, parece que la lluvia no querrá perderse la cita, sin saber muy bien en qué cuneta se ubicará a contemplar el espectáculo. Una fuga, primeros puertos, en el grupo cada vez más reducido de los favoritos se confunde el verde frondoso de los bosques dolomíticos con las camisetas del combativo Liquigas. Subida, bajada, subida, bajada. Cuando las cuestas importantes entran en escena se ve que la victoria parcial va a ser cosa de dos nombres: Mikel Nieve, un navarro luciendo el naranja de Euskaltel que ya sorprendió a todos en la cima asturiana de Cotobello en la pasada Vuelta, o el eterno italiano Stefano Garzelli. Ambos se alternaban en cabeza de carrera, sin colaborar, a ataques. De pronto uno de los dos se desfondaba, de pronto el otro resurgía. En el puerto siguiente era al revés. Una maravilla de desarrollo de la fuga con protagonistas de primer nivel. 

Entre los supervivientes en el «gran» grupo, llegado el Giau se vivía el ataque de Purito Rodríguez y algún otro valiente asimilado como compañero de batalla. No llegó muy lejos, pero aquello avivó las ambiciones de todos, sobre todo las de un Nibali que tenía claro que iba a tirar la moneda al aire y que de nada le servía un segundo puesto, aunque su rival fuese el tal vez mejor especialista de grandes vueltas de los últimos tiempos, además en un estado de forma sideral. En los descensos forzó ‘lo Squalo’ a la maglia rosa, con el siempre vigilante Scarponi y el sorprendente John Gadret presentes en todas las pequeñas cruzadas de aquel día. Contador conjugó fuerzas y esfuerzos en la Marmolada para no sufrir gravemente en ningún momento e incluso protagonizar un ataque en la última subida que le dio claros réditos. 

Por delante, la apasionante lucha por la etapa continuaba, con Nieve tomando ventaja sobre Garzelli y finalmente haciéndose con un triunfo que sólo fue el primero en una relación mágica que tiene con la ronda italiana, siempre rodeado de grandes cimas y fugas prestigiosas. El italiano, digno, entraba entre la aclamación popular en un lugar que vio a Merckx sufrir casi cuatro décadas antes y que ahora veía a un pelotón mucho más disgregado y roto tras casi siete horas y media de etapa. Una auténtica gesta la de todos los integrantes del pelotón por resistir la tentación de abandonar el sufrimiento extremo al que estaban abocados. 

Un ciclismo épico que sólo a veces lo encontramos en el Giro. Ese ciclismo que tiene a los aficionados durante varias horas pegados a la pantalla o esperando a ver a los corredores de uno en uno mientras dan lo mejor que tienen. Quizá no sean necesarios todos los días, pero las grandes vueltas no deberían olvidar de dónde vienen y que si hoy son lo que son es por lo que fueron y supusieron ayer. 

Escrito por: Lucrecio Sánchez (@Lucre_Sanchez)
Foto: Sirotti

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