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Historias de la Vuelta: Frank Vandenbroucke y la etapa de Ávila

Hay días inspirados en la vida. Y hay días como el que tuvo Frank Vandenbroucke aquel 24 de septiembre de 1999. Se corría la penúltima etapa competitiva, en la previa a una durísima contrarreloj, por las montañas de Ávila y Gredos, ese binomio inseparable que nos ha deparado tanto espectáculo: Hinault en el 83, Fignon en el 87, Jalabert en el 95… y Vandenbroucke en el 99. No se ha visto nada igual, ni siquiera en Giro y Tour. Una superioridad tal que daba la sensación de que el belga jugase con sus rivales. Ganó la etapa como quiso, atacó cuando y cuanto quiso, paró a esperar, etc. Vamos a contar la historia por partes.

En primer lugar, está la leyenda coleando. Cuentan antiguos ciclistas que había un rumor en el gran grupo. Frank Vandenbroucke tonteaba con las azafatas, una escena común en el pelotón. Fernando Escartín, de hecho, se casó con una de ellas. Broma va, broma viene, el belga consiguió un sí a una cita en condicional. Sólo si ganaba la etapa. La duda es que nadie sabe si la leyenda se refería a la jornada con final en Teruel o esta que comentamos de Ávila. En ambos casos, el recital fue tal que un extra de motivación era bastante esperable.

En Aragón fue resolviendo la fuga de la fuga ante Jon Odriozola, del Banesto. La superioridad fue tal que no le hizo falta casi ni sprintar. Ávila tuvo más contexto, con más entresijos. Era 1999, edición en la que la Vuelta estrenó el Angliru y que tras unos durísimos Pirineos dejó al alemán Jan Ullrich al frente de la general ante la sierra de Madrid y Ávila. Dos etapas un tanto descafeinadas, pero malditas y molestas, más una contrarreloj que le aportaba margen de tranquilidad. El problema mayor era que sus rivales eran ciertamente imprevisibles y que no contaba con equipo. Apenas un par de compañeros que además no eran absolutamente competentes en la montaña.

En la subida al Alto de Abantos el teutón pasó un mal momento. Galdeano, segundo en la general y aspirante a desbancar al del Telekom, Heras y Chava Jiménez pusieron tierra de por medio. VDB mostraba un excelente estado de forma, pero esperaba a Ullrich para hacerle de gregario. Una vez el maillot oro tenía la clasificación asegurada, arranca de forma endiablada para intentar cazar a Roberto Laiseka, que conseguía su primer triunfo en una grande. Segundo quedaba el belga, que adelantó a Chava en un abrir y cerrar de ojos. Si la etapa dura medio kilómetro más, coge al vasco y le arrebata la etapa. Así de espectacular fue.

La subida a Serranillos vivió el ritmo de los dos Cofidis que quedaban en liza. Lelli y Vandenbroucke trabajaban descaradamente para el líder. Ha sucedido toda la vida, los intereses fluyen y se imponen en muchos casos. Coronado el coloso sin sobresaltos, llegó el turno de Navalmoral. VDB comenzó a aplicar un ritmo alto, de control no ya extremo de las fugas, sino de ruptura. Todos los favoritos de uno en uno comenzando a cortarse. El puerto no es duro, está claro, pero sí tiene ese punto justo que si el ritmo es tan elevado como estaba marcando Frank, te podía eliminar perfectamente.

Finalmente, tras destrozar el grupo, el belga se marchó y coronó en solitario. Rodaba en el descenso y el llano que le dejaba a los pies de Las Murallas cuando decidió que era demasiado viento para una victoria que iba a conseguir de igual modo. Esperó al reducido pelotón y se escondió por unos instantes. Se rodeó Ávila en busca del empedrado y allí comenzó todo de nuevo. Atacó un inocente Mikel Zarrabeitia, que estaba ciertamente activo aquellos días. De repente se ve el pelo amarillo de Frank acelerar en el pelotón y lo que hizo no fue subir a un ritmo frenético. Se le vio levitar. El vasco quedó atrás como si fuese un niño con ruedines. Es-pec-ta-cu-lar.

Medios y aficionados extranjeros aún recuerdan ese artefacto explosivo que era Vandenbroucke aquel día. Caló muy hondo en el mundo del ciclismo y hoy día sigue siendo uno de los momentos más recordados de la historia de la Vuelta. Ni que decir tiene que ganó la etapa con una superioridad tal que le dio tiempo a relajarse en la recta final y ni siquiera se veía a su perseguidor, un Mikel que iba a tener que conformarse con la segunda plaza.

Nadie pensaba que iba a ser la última gran victoria del belga, que se llevaría en 2009 la Boucle de l’Artois. Fallecería, eso sí, apenas un mes después en Senegal, en extrañas circunstancias. Pero eso es un capítulo aparte del que ya hablaremos.

Escrito por Lucrecio Sánchez

Foto de portada: Nieuwsblad.be / Foto interior: Press-Sport L’Equipe / Youtube

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