Ciclistas Historia

Igor Astarloa, el italiano de Ermua

Ermua fue uno de los centros de la actualidad por el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Una localidad que trae inevitablemente ese recuerdo, unos días en los que la televisión y la prensa no hablaban de otra cosa. En cada aniversario la localidad vizcaína vuelve a escena a modo de recordatorio. Sin embargo, en el mundo del ciclismo Ermua es famosa por ser el lugar de nacimiento de un campeón del mundo. En la categoría más alta del ciclismo profesional, ante los mejores corredores del mundo, con todo el planeta ciclista mirando. Ese día, también, supieron quién era Igor Astarloa.

Y no es que este ciclista nacido en 1976 fuese el único corredor de Ermua. Pedro Horrillo, otro gran enamorado de las pruebas de un día, era natural del mismo pueblo. Ese amor por las colinas, las piedras y ese territorio prohibido para el clásico ciclista español. Dos paisanos rebeldes que además huyeron de la entrecomillada comodidad de un equipo español, que era lo más sencillo en una época en la que precisamente los equipos corrían un momento de abundancia.

Igor no era un desconocido exactamente. Corría en el equipo de Gilberto Simoni, un clasicómano que tenía buen golpe de pedal en las colinas y en las llegadas de grupos reducidos. En la Vuelta al País Vasco, lejos de amilanarse ante enormes competidores que luchan por las victorias de etapa en la siempre incómoda Euskadi, luchó codo con codo ante ellos sin apenas equipo que le sirviese los triunfos en bandeja. Era época del Mercatone-Uno, unos días en los que Pantani todavía daba sus últimos coletazos como ciclista profesional y todos sus coequipiers quedaban presos de sus malos estados de forma. Igor pagó eso en forma de no gozar de tantas oportunidades cuando coincidía con el ‘Pirata’ en carrera, por lo que sacrificó, por ejemplo, media Vuelta 2001, una carrera en la que podía haber tenido mayor protagonismo.

© Sirotti

El cambio a Saeco fue muy positivo. En primer lugar entró a un proyecto que dejaba el hueco vacante de Mario Cipollini, que seguía su propio camino en Acqua&Sapone. Simoni entró a ocupar gran parte del presupuesto junto con Ivan Quaranta, es cierto, pero Astarloa gozó de mayor libertad y protagonismo. Fue una apuesta interesante, de nuevo en un conjunto italiano, y centrado esta vez en las clásicas de primavera, el terreno en el que más tenía posibilidad de brillar.

Llegó la Flecha Valona, esa carrera que se define por lo que los favoritos son capaces de exprimirse en el Muro de Huy. Las rampas del 20% limitan la lista de candidatos a los corredores más especialistas y en forma del momento. El día intermedio de las Árdenas dio la opción tanto a Astarloa como a Aitor Osa de filtrarse en la fuga buena del día. Ambos arrancaron el muro con ventaja sobre el pelotón y ante el duelo entre españoles (vascos, concretamente) el de Ermua se impuso con autoridad y obtuvo una victoria que medía a una escalada real el talento del ciclista de Saeco.

Luciendo su maillot rojo ya fue segundo en la Klasika de San Sebastián, o en la Clásica de Hamburgo. Un 2002 en el que ya apuntaba a estrella emergente. Tenía 26 años, estaba en la flor de su evolución como corredor. Una plenitud en la que se llevó el Brixia Tour, la única ocasión en la que el vasco se hizo con una ronda por etapas. Año que remató con otra segunda posición, esta vez en la Copa de Japón, justo en el final de la temporada.

© Sirotti

Llegaba septiembre de 2003. Gijón daba comienzo a la Vuelta a España. Estuvo en disputa de la primera etapa en línea, con meta en Cangas de Onís. Después dejaría la carrera pasada la etapa de Cuenca, que en realidad se adaptaba a sus condiciones. En cambio, ese sinsabor fue irónicamente una garantía de guardar su estado de forma para Canadá. Hamilton (la ciudad, no el ciclista americano) acogía a la Selección Española más prometedora de los últimos años. Óscar Freire, entonces doble campeón del mundo, había rescatado la ilusión por los Mundiales y creado un cierto interés en los aficionados por las pruebas de un día. El cántabro había abierto camino, una senda que seguirían muchos otros ciclistas.

Freire disputaría su quinto campeonato como líder de España. Todo el equipo estaba a su disposición y no era para menos, con dos oros y un bronce en la buchaca. El circuito, revirado y con muchos candidatos a levantar los brazos y lucir durante un año el maillot arco iris, ofrecía posibilidades para ataques de segunda línea. Y así fue. Siguiendo la táctica que recomiendan todos los manuales ganó la primera vez el equipo español, con Abraham Olano lanzándose de lejos en una escapada que podía ser acompañada por un sprint que podía ganar yendo a la contra Indurain. Como en 1995, en 2003 funcionó a las mil maravillas.

Astarloa buscó el movimiento lejano, sorpresivo. Las selecciones favoritas le dejaron margen de maniobra y reaccionaron demasiado tarde. Alejandro Valverde secó los ataques por detrás. Era el debut del murciano en un Mundial, con la solvencia de un veterano. Igor llegó a meta con apenas cinco segundos de ventaja, suficientes para poder celebrarlo como merece y que la televisión captase bien quién era el nuevo campeón del mundo. Después, llegó un grupo con el propio ‘Bala’ como una exhalación encabezando un grupo de auténticos titanes: Van Pettegem, Bettini, Boogerd y compañía.

© Sirotti

Su año de arco iris no fue exactamente de disfrute. Fichó por el Cofidis francés, al que los casos de dopaje dejaron muy en entredicho durante aquella temporada. Ello provocó que Lampre se hiciera con los servicios del vasco, maillot con el que logró levantar los brazos en su bendecido Brixia Tour. Es, sin duda, su mejor fotografía.

Desde ahí, su carrera tomó varios altibajos. La firma por el Barloworld parecía que le iba a dar el protagonismo que nunca pudo tomar en Lampre, que únicamente aprovechó el tirón del campeón del mundo. No gozó de grandes resultados a excepción de la Milán-Turín del año 2006. En un par de años se corroboró con un cambio de equipo al Team Milram, que pese a su debilidad no era de las plantillas punteras. Equipo de Petacchi, italiano, y Zabel, de origen alemán, y que se plagaba de rodadores y velocistas. De nuevo, no adquirió el golpe de pedal necesario para disputar las clásicas.

Fue apartado del equipo por presuntos valores anómalos. Las instancias judiciales se decantaron por el ciclista y fue reconocida su también presunta inocencia. De ahí en adelante, su carrera se estancó y firmó por el Amica Chips italiano. Tan relacionado a Italia, se quedó como motorista de enlace en el Giro de Italia, a sueldo de la organización de la corsa rosa.

Escrito por Lucrecio Sánchez

Foto de portada: Sirotti

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