Historia

Los crujidos de Luis Ocaña

El cielo se halla encapotado y se abre para ofrecer una cortina de agua que hace que la calzada brille. Truena y en la oscuridad serpentean los relámpagos. La tormenta en la montaña evoca el poder de una naturaleza desbocada. Completa el cuadro una granizada. Arroyos de lodo y barro circundan la carretera.

Los ciclistas descienden el Col de Menté. Muchos sacan sus zapatillas de los calapiés intentando mantener el equilibrio. Algunos no lo consiguen. Entre los que ven cómo su verticalidad se resquebraja está el maillot amarillo. Merckx, que también se había caído previamente, pudo continuar. Cuando Ocaña, primero de la general, intenta levantarse y reanudar la marcha, le arrolla Zoetemelk. Intenta recuperarse, pero Agostinho y Guimard le vuelven a embestir. Un crujido.

Se oyen gritos de intenso dolor. Los de una clavícula rota. Nunca se sabrá si el aullido nace del lamento por las heridas o por la certeza de que el Tour de Francia se termina para el líder de la carrera.

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De los 130 ciclistas que partieron en el prólogo de Mulhuose el 26 de junio de 1971, uno concitaba la total atención de los medios y del público aficionado. Su nombre, Eddy Merckx.

El belga había sido el campeón de la ronda gala en las dos ediciones anteriores y, en su palmarés, lucían otros dos títulos del Giro de Italia (en 1968 y 1970), 9 clásicas (ese año, el Caníbal, ya había cosechado el triunfo en la Milán-San Remo y la Lieja y, en octubre, lo haría en el Giro di Lombardía) y un campeonato del Mundo (que reeditaría en septiembre de ese mismo año en Mendrisio).

Su insaciable hambre de triunfo le convertía en el enemigo número uno del resto de corredores que, en la mayor parte de las ocasiones, se veían incapaces de discutir la calidad del ciclista del equipo Molteni.

Sin embargo, un joven ciclista nacido en Priego de Cuenca, Luis Ocaña, que militaba en el Bic, quería cambiar el orden de un guion que parecía inamovible, máxime cuando, en el referido prólogo, el Molteni fue el conjunto más rápido y Merckx se enfundó el primer maillot amarillo de la prueba. Solo lo cedería en el primer segmento de la primera etapa, en el que, con victoria de su compatriota Eric Leman, el holandés Wagtmans arrebataba el puesto del privilegio al jefe de la carrera. Su alegría fue corta, puesto que, en el segundo de los tres segmentos planeados para ese día, Merckx recuperó un primer puesto que conservaría hasta la décima etapa, con final en Grenoble, donde, de nuevo, un holandés, en esta ocasión Zoetemelk, se ponía en cabeza de la clasificación general.

Apenas dos días antes, en el primer contacto de la prueba con la montaña, en una etapa que transitaba entre Nevers y con final en el Puy de Dome, Ocaña anunciaba que estaba en Francia para discutir la superioridad del vigente campeón. Se alzaba con una importante victoria en la que distanciaba en solo a 15 segundos al belga, pero era una llamada de atención de lo que ocurriría, apenas tres días después en Orcières-Merlette.

Entre medias, en la jornada en la que Merckx cedió su maillot amarillo ante Zoetemelk, Ocaña se fugó con el holandés, Thevenet y Petterson, aprovechando un pinchazo del líder en el Coucheron. El francés se llevó la etapa, Zoetemelk la victoria del día y el conquense la satisfacción de distanciar en algo más de un minuto al belga.

El 8 de julio, los ciclistas se enfrentaban a una etapa de 134 kilómetros entre Grenoble y Orcières-Merlette. Antes de ascender el primera con el que culminaba la etapa, el pelotón había de franquear dos duros segundas, Laffrey y Noyer. Las hostilidades las desató Agostinho en Laffrey, situándose a su rueda Zoetemelk, Van Impe y Ocaña; Merckx, no pudo seguir su ritmo. Ocaña abandonaría a sus compañeros de grupo y, al coronar el Noyer, aventajaba en más de 5 minutos a Merckx, que viajaba rodeado de ciclistas del Bic y sin compañero alguno del Molteni.

En meta, Luis Ocaña, completando una gesta de heroicidad extrema, distanció en casi seis minutos a Van Impe y Merckx, que concluiría tercero la etapa, tuvo que dedicar 8 minutos y 42 segundos más, que quien, gracias a su hazaña, se vestía de amarillo.

Para hacernos una idea de la escabechina preparada por el español en la jornada de Orcières-Merlette baste reparar en el hecho de que la organización incremento del 12 al 15 por ciento el fuera de control (en caso contrario, la carrera solo la hubieran podido seguir disputando 28 corredores). L´Équipe tituló: “El emperador, fusilado. Jornada de ejecución, jornada de consagración”. Merckx fue más gráfico: “Ocaña nos ha matado hoy a todos como “El Cordobés” mata a los toros”.

Con casi 10 minutos de ventaja sobre Merckx, el belga no defraudó en su lucha. Al día siguiente, atacó durante 250 kilómetros (han leído bien, 250 kilómetros) y en meta redujo en dos minutos y medio la diferencia con el líder. Una jornada más tarde, se impondría en la crono de Albi, sobre 16,5 kilómetros, pero el margen de Ocaña se antojaba más que holgado.

El resto de la historia ya la conocen. El descenso del Col de Menté. Una caída. Un accidente. La obligación de bajarse de la bicicleta, de abandonar. Ciclismo, en suma. Y una victoria que todos sentían que pertenecía a Luis Ocaña pero que los libros reservan para el belga.

En la meta de Luchon, el público abuchea a Merckx quien rechaza vestirse de amarillo. Solo el infortunio de Ocaña, al que visitaría en la cama del hospital de Saint Gaudens (una habitación que dos años después acogería a Poulidor, que se cayó descendiendo el Aspet) le había concedido la primera posición.

Merckx, en su línea, vencería la etapa con llegada en Burdeos y, en París, era líder de la general, de la combinada y de la clasificación por puntos. Zoetemelk se subió al cajón a 9 minutos y 51 segundos, Van Impe a 11 minutos y 6 segundos.

Victoria, y maillot amarillo que llegaría, claro, en 1973, pero ya sin Merckx en liza. Otra historia, un triunfo importante, pero, quizá, algo descafeinado. Dos décadas después, en 1994, Ocaña, aquejado de una durísima depresión, se arrebató la vida. Otro crujido. Esta vez, el de una bala que atravesó su cráneo en el cobertizo de su vivienda de Caupenne de Armagnac.

Escrito por: Ángel Olmedo
Foto: Sirotti
Publicado en el nº 4 de HC

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