Historia

París-Roubaix: 20 años de la última exhibición de barro

Con el anhelo de una tarde de domingo primaveral fluyen los recuerdos de épocas pasadas donde las ediciones de París-Roubaix se suceden. Barreras de tren, locomotoras sobre los adoquines, ciclistas y generaciones que van y que vienen, pinchazos, ataques, victorias, derrotas. Incluso algún episodio en el Tour, con las batallas entre Nibali y el resto del mundo, o los Schleck contra la gravedad y el miedo a las caídas. 

Una edición viene con fuerza a la mente, y es que, casualidad, cumplen nada menos que veinte años de una exhibición de barro, de destreza sobre las máquinas, de resistencia en una situación extrema, de superhombres. 2001 vio una carrera a cuchillo entre los favoritos, con un triplete histórico de Domo-Farm Frites que tenía entre sus integrantes a una de las leyendas de la prueba: Johan Museeuw. La victoria, en cambio, fue a parar a un tapado, Servais Knaven, compañero del ‘León de Flandes’. Tercero fue el campeón del mundo, un Romans Vainsteins que demostró que detrás de aquel título había corredor. 

La lluvia dejó roto el grupo bien pronto. De forma progresiva se fue convirtiendo en absolutamente imposible distinguir a unos corredores de otros, con los rostros totalmente embarrados y pareciendo todos de un mismo equipo. Las cámaras que retransmitían la prueba también se veían afectadas por las gotas de barro. Los nombres, los habituales en estas lides: Tafi, Peeters, redondeando un día espectacular para su equipo, Hincapie, el primer no Domo que se coló entre los cinco primeros, Dierckxsens, Tchmil, Sorensen… Una edición faltaba para las cien, pero ésta bien podría haber valido muchas de las anteriores a la hora de llamar la atención de todos los medios, ciclistas y no. Informativos, periódicos, todos hablaban de la dureza de una prueba en la que los ciclistas llegaban a meta auténticamente irreconocibles. 

Una resolución además con su intríngulis. Museeuw, el capitano, permitió marchar a su compañero de equipo del grupo de siete que conformaba la cabeza de carrera. El holandés llegó destacado al velódromo y logró su mejor victoria. A menos de un minuto su jefe de filas. Y poco después un grupo encabezado por el campeón del mundo y líder de la Copa del Mundo, pese a que su maillot apenas se podía distinguir de los demás. 

Una duda puede surgir al pensar en aquella edición: ¿se disputaría hoy día? La seguridad de los ciclistas es primordial y es fundamental su cuidado. Quizá haya que dar más importancia a aspectos que realmente sí afectan a su integridad y menos a otros aspectos que no tienen tanta relevancia. ¿Alguien se imagina que episodios épicos como éste o los que se vivieron en el Gavia en el Giro de 1988 no hubieran tenido lugar? Quizá casos muy extremos, pero en esta carrera desde luego que fuera del aspecto estético, con lo molesto que es circular en estas condiciones, la seguridad de los ciclistas en una carrera con tráfico cerrado no se vio seriamente afectada. 

Escrito por: Lucrecio Sánchez  (@Lucre_Sanchez)
Foto: Sirotti

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