Carreras Ciclistas Profesional

Remco Evenepoel, el rey del tiempo en lucha por entrar en el Big Five

Febrero trae el paraíso de Algarve a la actualidad ciclista. Portugal luce sol y playa, los equipos sus mejores galas con ropas todavía por sudar. Ese olor a limpio de los primeros estertores de la temporada. El ramillete de aspirantes a realizar una buena primavera hace sus tests, palabra de moda, cogen rueda de las formas más adelantadas y miden sus vatios con futuros enemigos. Andalucía ofrece competencia por la cercanía geográfica y temporal, al igual que el emergente y lejano UAE Tour. Y, sin embargo, siempre vuelven los nombres al atractivo encanto de esta región del sur del país luso. 

Lo que otrora fuese territorio para las probaturas de Alberto Contador y algunos ilustres es hoy nido de prestigiosas victorias como la de Evenepoel, al que cada vez se le ven más muecas de Indurain en las contrarrelojes. No es el mero hecho de bajar los registros de los rivales con una contundencia que asombra. Es humillar y herir la autoestima de auténticos especialistas. Es sentenciar la general a días vista. Es ganar a lo Indurain sin serlo. Que no es poco.

El Big Five es un selecto club formado por los corredores punteros que han traído un nuevo ciclismo a escena. Tadej Pogacar, Primoz Roglic, Mathieu Van der Poel, Wout Van Aert y Egan Bernal son rivales durísimos, como Remco ha podido comprobar, sin ir más lejos, en el pasado Giro de Italia. No contemplan ni permiten un descuido a sus rivales. Los eslovenos dan fe de ello, robándose carreras el último día aprovechando los pocos resquicios que se permiten de forma el otro al uno. Es ahí donde la reflexión y la evolución cabalgan de la mano a lo largo de un camino que planea la inclusión de Evenepoel en ese Olimpo.

Si el rendimiento del belga alcanza la inflexibilidad que su mentalidad a veces destella, tendremos un campeón de época. Volando en la línea aérea del Quick Step, compartiendo cielo con todos esos gigantes, aunque aún no suelo, las cabalgadas y exhibiciones en escenarios de cartón piedra se multiplican. En cambio, la evitación de los duelos en las praderas de los mejores Westerns se hacen de rogar. Perderá en muchas ocasiones ante semejantes talentos. Ponerle las cosas difíciles a los genios actuales es el primer paso que la lógica indica. ¿Será o no? Al menos las condiciones atléticas del joven belga se sientan a la mesa con todos ellos.

Lombardía 2020 supuso un frenazo, justo el que no pudo experimentar en aquella serpenteante carretera. El ciclismo es duro, aunque más lo son los puentes vegetados a ambos lados, dirá él. En los descensos huelen sangre. En otra era de ciclistas estáticos y de medias tintas, sería un hándicap subsanable. Los tiburones no permiten fisuras sin explorar, barcos sin abordar. Caer dolió más en el orgullo que en las magulladuras, sí. El miedo al vacío se queda incrustado en todos los poros de la piel. Pero de nada sirve controlar a medias los nervios y la atención, a veces excesiva, en un mundo lleno de descensos revirados, carreteras blancas y pelotones hambrientos. Fundamental en un paradigma, el actual, donde los segundos son las horas de antaño. Una suerte de Fórmula 1 donde una mala trazada en un ataque hace perder lo ganado en un santiamén.

Errores cometen todos cuando tras vaciar todo el contenido energético que poseen dejan que el resto del cuerpo cobre voluntad propia. La mentalidad de irreductible, la rabia al perder. Ese carácter se apodera de una mente que generosamente cede su oxígeno, sobre todo, a las piernas. Parafraseando un símil futbolístico, hay que hablar sobre la carretera. Los instintos, la rabia del campeón vencido deben quedarse bajo el cinturón de seguridad. Gesticular cuando el pescado está vendido da muy mala imagen, más cuando cada cámara te apunta y sabes que cualquier detalle será sacado de contexto o magnificado. Y aprovechado para comenzar ganando 1-0 en un aspecto fundamental dentro de un deporte que exige tanta constancia y diferencia por pequeños detalles: la concentración.

¿Escala? Sí. ¿Llanea? También. ¿Es valiente? También. ¿Qué le falta entonces para subir un escalón? Poner en riesgo la urna de cristal en la que le protegen. Enfrentarse a retos con contendientes claramente superiores. Esos a los que en un futuro no muy lejano debería procurar superar. Pero para eso hay que perder. Y aprender en silencio.

Escrito por Jorge Matesanz (@jorge_matesanz)
Foto: Sirotti

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