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Richard Virenque: ¿héroe o villano?

La figura del galo es bien recordada envuelta en los lunares rojos del maillot de la montaña. Los debates sobre en qué lugar del ranking de escaladores son una constante. Voces autorizadas como Federico Martín Bahamontes y otros clásicos recelan de etiquetarle con la consideración de mejor grimpeur del Tour por ser el que más entorchados en dicha clasificación ha logrado. Argumentos hay a favor tantos como los hay en contra para incluirle en todas las categorías. Un ciclista único en su especie, con un carácter peculiar, aclamado y odiado a partes iguales.

Imposible, dicho de entrada, no pensar en el caso Festina al referirnos a Richard. Por desgracia, algo más que un hecho aislado en el ciclismo profesional. La realidad es que tanto antes como después del affaire sus victorias fueron logradas de forma espectacular, sobre todo en el Tour de Francia, su campo de acción particular y donde granjeó la mayor parte de su fama. Los gestos y la alta irritabilidad que producía en sus compañeros de escapada le convertían en un rival temible a la hora de compartir objetivos con él. Hacía su carrera siguiendo el lema de Rémi Gaillard, otro galo célebre y polémico: n’importe quoi, n’importe qui. El fin justifica los medios. El ahorro de relevos o los movimientos inesperados que reducía la capacidad de reacción de los enemigos al mínimo. Resultado: Virenque levanta los brazos una vez más.

Inteligente en carrera, era también el amo de la cámara. Los gestos y las llamadas de atención para ser precisamente el centro de las miradas era otra de sus características como corredor. Uno de los no tantos que entendió a la perfección en qué consistía este deporte, en dar difusión a tu marca y en acumular minutos de televisión y líneas de artículos. Él cumplía con su parte de forma espléndida, dando motivos para que se hablase de él, ya fuera como héroe o como villano.

En su era pre-Festina fue un auténtico dolor de cabeza para los ganadores de Tour de la época. Sin llegar nunca a poner en aprietos reales a los campeones, sí que fue un guerrero, incómodo, corriendo de la misma manera que la que le llevaba a conquistar etapas por aquí y por allá: inescrutable, imprevisible, imposible de leer de antemano. Los títulos de los Telekom, Riijs y Ullrich, tuvieron en el francés al mayor rival. Sobre todo el alemán, sus ataques y presencia en todas las peleas fueron un sufrimiento, donde rara era la ocasión en la que el ciclista nacido en Casablanca (Marruecos) saliese malparado. Si añadimos la fuerza de todo el Festina, muy buenos escaladores dicho sea de paso, se conforma un cóctel indigesto para cualquier intento de dominador del Tour de Francia.

En su era crepuscular tuvo mucho más encanto. Dedicado a los días ‘d’ y olvidado por las generales, Virenque fue un francotirador de etapas de primer nivel. Los rivales caían en sus garras. O directamente al suelo para dejarle la victoria en bandeja, como sucedió con Roberto Heras en Morzine. En la localidad alpina venció en dos ocasiones, vistiendo en la segunda de ellas el amarillo, esa prenda que le lanzó a la fama en 1992 y que también luciría en 2004 tras la última de sus épicas y recordadas victorias. Saint Flour homenajeó a un hombre que también coronó el Mont Ventoux tras batallar con un grupo de escapados. En ese modo guerrero ocasional sumó la París-Tours a su holgada hoja de servicios.

Al igual que a Roberto Heras, natural de Béjar, dejó con la miel en los labios al también bejarano Santi Blanco. El de Puerto de Béjar se jugó la etapa que llegaba a Rapallo en el Giro de 1999 ante el galo, con el imaginado resultado. Uno de sus triunfos en el Tour fue eclipsado por el fallecimiento durante la jornada del italiano Fabio Casartelli. Se llegaba a Cauterets aquella tarde de julio de 1995, pero todo lo que sucediese iba a quedar en segundo plano. Tiempo tuvo para resarcirse de ello y reunió un total de siete etapas en la ronda gala. Retirado en 2004, aparece en televisión como comentarista o desarrolla un negocio de joyería. En todo caso, sí ha sabido alejarse de un mundo, el ciclista, en el que vivió muy intensamente. Además, pudo hacerlo afrontando varias de las caras más positivas y negativas del mismo. Un ciclista al que se recordará siempre y que de momento es parte de la historia del Tour, con sus siete victorias en el Gran Premio de la Montaña, lo que le hace merecedor de ser considerado uno de los mejores ciclistas de su carrera, de su mes y de su época.

Escrito por Jorge Matesanz

Foto: Sirotti

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