Ciclistas

Richie Porte, el canguro de Willunga Hill

Los canguros deben su nombre al arcaico término ‘gangurru’, que James Cook transformaría a lo largo del siglo XVIII en lo que hoy consideramos denominador común asignado a estos marsupiales de tradición austral que es considerado el mamífero de mayor tamaño que se desplaza por el terreno a base de saltos. Podemos, por tanto, dar por buena la analogía con la carrera de Richie Porte, un ciclista que ha vivido su profesionalismo a base de brincos entre el «gregariato» y la victoria, entre la desesperanza que da el anonimato y el éxito que trae precisamente ese escondite entre las flores que en mayor medida muestran sus pétalos. Éxito que llega oculto en la regularidad de forma inesperada por el momento que elige para ello, cuando es menos evidente. 

Porte es originario de Tasmania, una figura animalística que admite e implica muchas connotaciones y comparativas literarias. Aunque, en este caso, menos ajustadas al personaje que nos ocupa. Richie se ha basado siempre más en la mesura, en la medición de los esfuerzos, en el equilibrio más que en la falta del mismo. En llamar la atención cuando tiene que hacerlo, que es recogiendo el ramo de flores de las autoridades o azafatas designadas para tal fin, recibiendo allí, en lo alto del podio, el aplauso de ese público que le vio sufrir silencioso o dar el puñetazo definitivo cual canguro. 

Se trata de un ciclista a caballo, si se permiten más animalismos, entre lo que supone un gregario de primera fila y lo que debería ser un líder. Un ascensor detenido en mitad de dos plantas de las que Richie ha sabido absorber a lo largo de su carrera lo bueno de ambas. Tanto de la atención que otorga ser cabeza de cartel como el olvido por tener estrellas de tal destello que únicamente sirvan para prolongar tu sombra. Especular y espectacular son dos palabras que tienen similitud en la grafía, pero que se oponen a la hora de describir filosofías ciclistas. Podríamos encuadrar a Porte en ambas, si bien sus actuaciones más llamativas han tenido lugar como súper gregario de Chris Froome de camino a cimas como Plateau de Bonascre o Pierre de Saint Martin, donde se temió por el despegue. Escaladores renombrados como Quintana o Contador fueron humillados por él, Sky style. 

Un Contador, de hecho, con el que coincidiría en Saxo Bank, viviendo la transición que llevaría a Bjarne Riijs a dirigir sólo un año antes a sus grandes rivales, los hermanos Schleck. En ese periodo fue capaz de lucir el rosa en su primera grande y, por ende, primer Giro de Italia, y de corroborar con un séptimo puesto que el susto que metió con la fuga bidón camino de L’Aquila, donde nada menos que cincuenta y seis ciclistas se fugaron de un pelotón indefenso ante tal asalto. En aquella batalla estaba también Cadel Evans, una inspiración para el tasmano y que portó la misma prenda unos años antes. 

Tras el fichaje de Contador por Bjarne Riijs, firmó por Sky, donde sus performances han sido puro caviar. Los beneficiados, las arrogancias deportivas de Wiggins y Froome. Y la ambición de un proyecto puntero que le hizo estar en vanguardia varios años y en boca de todos como una posible alternativa a sus jefes de fila una vez pinchasen. Algo que tendría lugar, por ejemplo, en el Tour de 2014, con el abandono de Froome y la asunción de la capitanía por parte de un Porte, valga el juego de palabras, que no supo responder a esa responsabilidad. 

Sería años después, en un año en el que el mes de julio se celebró en septiembre, cuando Richie pudo hacer un remix de todas sus cualidades como corredor y alcanzar el sueño de subir al podio de París. Lo hizo para Trek, que no pudo cumplir dicho objetivo con el Contador crepuscular que firmaron en 2017. Una pandemia que no le va a permitir despedirse del Tour Down Under como ambas partes hubiesen deseado. Quién sabe si levantando los brazos una vez más en las rampas de Willunga Hill. 

Escrito por: Jorge Matesanz (@jorge_matesanz)
Foto: ASO / A.Broadway

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