Ciclistas

Thibaut Pinot, regreso al futuro

Hace ya un tiempo que Alberto Contador pronunció con rotundidad que el Tour de Francia te da y te quita todo en una proporción que ninguna otra carrera te otorga. El protagonista de nuestro artículo, que ha llegado a dar nombre a toda una generación repleta de ilustres, como buen francés, tuvo en el Tour su obsesión y dependencia emocional. Y digo tuvo, porque ha necesitado que ese sueño recurrente se modulara, para comprender que hay vida ciclista más allá del Tour. Un consejo “made in Madiot” que ayudó a recuperar al escalador de su depresión deportiva.

Thibaut Pinot, es un tipo con carisma. Su porte y su ciclismo lo transmiten de forma innata. Es el ciclista más parecido a Poupu que ha visto Francia en los últimos cuarenta años, mejorado con la flema que tenía Anquetil. Su condición de escalador valiente y desprogramado le sirvió para darse a conocer y querer. Aquel primer Tour donde quedó clasificado entre los diez primeros, convirtiéndose en el aspirante más joven desde 1947, alumbró para Francia el enésimo sucesor de Bernard Hinault.

Aquel mérito saltó por los aires en los últimos tiempos con la generación de los Pogacar y Bernal, y aunque han pasado muchas cosas en apenas diez años, Pinot es un ciclista que nunca ha dejado de tener su espacio, crear opinión y cosechar buenas críticas.

En un fatídico 26 de julio de 2019, Pinot derramó las lágrimas del sueño roto de cualquier niño francés. Le vimos todos. Descontrolado, el sollozo no era consolable. Tenía un sentido muy profundo. Después de coronar el Col de l´Iseran, el cielo descargó una granizada histórica y los desprendimientos en la carretera forzaron la retirada del francés y la renuncia al amor más querido. El desgarro de un sentimiento íntimo abrió en canal las razones de su dedicación y esfuerzo continuado. Vio posible ganar el Tour, y tuvo que poner pie en tierra. El ciclista se fue ensombreciendo, apagando, como una brasa sin oxígeno. El hombre dudó de su futuro en el ciclismo de alta competición. De nada sirvieron los recuerdos de aquellos triunfos en Lagos de Covadonga, Andorra o el triunfo en el Giro de Lombardía, su clásica favorita. Parecía que había llegado el final de una vida profesional. Todo por una pasión frustrada. “Demasiados fracasos”, llegó a declarar.

El adverbio estaba equivocado. No era un problema de cantidad. Se trataba de una patología diferente. La misma que sufrió Fignon y Virenque. Era el “mal del Tour”. Una dolencia para escogidos, que se contrae voluntariamente, pero de la que solo se conocen dos tipos de curas para vencerla: ganarlo u olvidarlo.

Las montañas son su hábitat natural, el lugar donde siempre desplegó todas sus facultades, talento y allí donde embrujó a los aficionados. Quizás en ellas, en compañía de su hermano, y familiares más allegados, de la mano y con el sabio consejo de Marc Madiot, se recuperó al ciclista. Al ganador.

En Italia le adoran tanto como en Francia. Ama el Giro por su condición montañosa. Y ha sido en la última Tirreno Adriático donde hemos vuelto a ver a un Pinot en la punta de la carrera. De nuevo entre los mejores. Su octava posición en la general y algunos escarceos, siempre bien posicionado en la grupeta de los mejores, nos indican que está de vuelta, y que este escalador no ha dicho todavía su última palabra en este deporte.

Está por saber si su alma de campeón ha terminado consolándose con ser un caza etapas, o bien, si sigue aspirando a algo más. Si “ha olvidado el Tour” para centrarse en sus fortalezas, o todavía le veremos protagonizar crónicas en la Grand Boucle con los Campos Elíseos de fondo de pantalla. Estas crisis híbridas, que mezclan deseos, sueños y realidad, en un deporte tan agonístico y exigente, no son fáciles de superar. Ahí tenemos el caso de Dumolin, compañero de generación y todo un campeón del Giro que sigue sin encontrarse. Lo que es seguro es que el futuro inmediato nos aguarda un buen Pinot. Algo que merece agradecerse y que nos congratula.

Escrito por: Fernando Gilet (@FernandoGilet)
Foto: A.S.O. / Pauline Ballet

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