Carreras

Van Baarle gana la París-Roubaix más rápida de la historia

Primavera, norte de Francia, soleado. Tras las lluvias pasadas, los tulipanes crecen firmes, coloridos, apuntando hacia el cielo en los campos del Flevoland, en Países Bajos. Entraba en los pronósticos que su bandera reflejara sus tres colores en el adoquín, y así fue. Aunque en lugar de encontrarnos con la flor, dimos de bruces con la semilla. Dylan Van Baarle.

Para ganar Roubaix hay que estar sobre la treintena, rezaban los teóricos de piel y facciones duras y cara arrugada por el esfuerzo, aún entre extremidades molidas en polvo. Moldes que vinieron a aplastar las generaciones posteriores, a caballo entre dos divinos tesoros llamados Fabian y Tom y el puente entre el norte y el sur de la provincia de Amberes. Justo en el límite de esas barreras espacio temporales que nos regalan los relojes biológicos, el ciclista de Ineos-Grenadiers iba a obsequiar al conjunto británico con el primer adoquín en el Velódromo de Roubaix. Y lo hace al borde de la treintena, esa edad que comienza a dar derecho a las batallitas de abuelo cebolleta. Las patas de gallo asomando. El primer mechón gris. Dylan pasó de niño a adulto en una sola tarde, aunque al neerlandés se le veía avanzar en vanguardia, esquivando policías que fiscalizaban los movimientos de Van Aert y Van der Poel (en estos momentos, las mismas victorias en Roubaix que un servidor y una menos que Van Baarle) y esperando agazapado para subirse al último vagón del tren de la victoria. Ése que te iba a permitir estar en destino, al menos, en una franja de tiempo similar a la de tus rivales más inmediatos.

La fama se agota. Y agota. La expectativa, también. Todas las miradas en Wout y Mathieu. Uno por las extrañas dudas que ponían en solfa su presencia en Compiegne. El otro por triunfar en el Tour de Flandes ante un gran Tadej Pogacar. Dos estrellas mediáticas que arremolinan y acaparan todo lo que tocan. Sin embargo, el dicho de «cuando un dedo apunta al cielo, el tonto mira al dedo» se podría aplicar. Ineos acudía a la cita con su propia historia como equipo con una alineación que no daba tanto miedo como en otras ocasiones. Sí, Sheffield venía de dar la campanada en Brabançona. Sí, Kwiatkowski venía de bañarse en cerveza en la Amstel. Sí, salieron juguetones en la primera mitad de la carrera, formando abanicos y provocando que muchos forzasen la máquina para no perder las opciones a brillar en la segunda. Pocos más avisos se podían dar: «hola, estoy aquí y he venido a ganarte». Una declaración de guerra en toda regla.

El grupo de favoritos se seleccionaba y perseguía a una flecha eslovena a la que la falta de descensos permitió que alcanzase con el guante lanzado desde el grupo. Mohoric se elevaba entre las llanuras de la campiña del norte como un gigante al que había que reducir antes de que su tamaño, henchido, fuese inabordable. A decir verdad, la mera inercia de la carrera le permitió luchar hasta el último minuto por la segunda posición, lejos de un Van Baarle que le había dado alcance en solitario para entrar en trance. El cansancio de esta larga fuga protagonizada por el ciclista de Bahrain-Victorious iba a hacer magia. El chicle se estiró en uno de los últimos tramos de pavé hasta que el neerlandés lo rompió y compró billete de alta velocidad, imparable en el punto de no retorno. El único ciclista que aún se desplazaba por el centro de la calzada, levitando sobre el adoquín. Impresionante. La tensión y el cansancio habían provocado que nadie pudiese salir a su rueda en el grupo de los mejores, donde Van der Poel daba la cara al tiempo que su rostro se alejaba en retaguardia junto al pinchado Stuyven. Vacío.

Su archirrival, Van Aert, practicó el ciclismo que le empequeñece: correr a la expectativa. Los rivales le cogen la medida de forma que finaliza remando por la segunda plaza, con el caballo esperando ya tres estaciones más allá. Nuevo poste para un corredor que debe darse cuenta de que es y será una leyenda del ciclismo. Y debe correr como tal. Su equipo, el Jumbo-Visma, podría firmar a Van Baarle de cara a la temporada 2023. Un ídolo ya en plenitud para competir en un equipo de casa y contrarrestar así la publicidad que ejerce Mathieu. Son sólo rumores, aunque cuando el río suena, agua suele llevar.

Mención para otros héroes de la jornada. La escapada con un Intermarché, equipo al que pronto suplirá Duracell como sponsor, Devriendt, un Arkea llamado Pichon y Mohoric aprovechó un momento de impás tras la batalla sin cuartel que provocó la Roubaix más rápida de la historia. Los tres estuvieron en disputa de premios mayores que la pedrea. Sólo fueron superados por Dylan, Wout y Stefan Küng, al que su tercer puesto en el Mundial de Yorkshire le ha dado arrojo para afrontar retos más allá del dominio en las contrarrelojes, donde lleva dos años siendo el campeón europeo. Un 2021 en el que se quedó a las puertas de la medalla de bronce olímpica en Tokio, siendo cuarto y superado por el imbatible Pogacar. Batible fue Lampaert cuando fue desequilibrado por el miedo a serlo por un espectador.

En el amor muchas no veces vale con quererse. Lo mismo aplica en el ciclismo. Una edición más sin que los dos supuestos dominadores del ciclismo en pruebas de un día lo ejerzan. Habrá que darle el mérito que le corresponde a don Fabian Cancellara y don Tom Boonen por hacerse entre ambos con siete trofeos que bien podrían servirles para adoquinar media calle. Todo ante rivales que imponían mucho más respeto que los actuales y dominando un mar revuelto del que ellos acababan saliendo victoriosos. Cuántas ganaron y cuántas perdieron por el marcaje extremo a cada mueca que producían. Reflexión para Wout y Mathieu.

Y así cerró esa tarde de primavera donde los tulipanes compartieron ecos con la tricolor italiana que sólo veinticuatro horas antes ensalzó a Elisa Longo-Borghini. Segunda edición de la París Roubaix Femmes y recital de un país que tuvo en otra Elisa (Balsamo) la otra cara de la moneda, expulsada por agarrarse al coche cuando era una de las grandes favoritas. La gran sorpresa fue Sandra Alonso, que dio al ciclismo español un meritorio décimo puesto. Historia en su debut en el ‘Infierno del Norte’. Reflexión para el ciclismo español.

Escrito por Jorge Matesanz (@jorge-matesanz)

Foto: ASO / Pauline Ballet

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