Opinión

Van der Poel, Poulidor y la conexión interplanetaria con la historia

Reconozco que cuando atacó Van der Poel imaginé que formaba parte de un plan. Un ciclista de este calibre no pierde balas en una cacería menor. Sí que lo hace para ganar a lo grande, como gusta, como intenta. Pero no era el caso dado que la distancia con los perseguidores era mínima. El objetivo era bonificar, calculadora en mano, para tener opción de presumir de amarillo a la sombra de los camiones pasada la línea de meta. Y así fue. Plan magnífico, no muy difícil de elaborar. Ejecución perfecta, que es lo más complicado. Sacar el córner y rematarlo. Lo hizo. 

Las lágrimas de Mathieu en el post-etapa dejaban a las claras la conexión emocional que tenían Raymond y su nieto. La fuerza del más allá conectó con la del más acá para certificar una auténtica salvajada, un hito en la carrera del holandés que Pou-Pou jamás pudo convertir en realidad. Un sueño que cumple el nieto, pero que éste comparte con el abuelo, casi más presente y noticia en el inicio del Tour gracias al video-recuerdo que Alpecin popularizó que por las prestaciones de este auténtico titán que va camino de hacer historia y establecer un antes y un después de su irrupción en el ciclismo. El mayor escaparate es el Tour, y lo hecho es poco común. Pero la carrera que está conjugando este multiusos de la victoria es auténticamente extraordinaria, con la constante de la sorpresa para bien, de la superación de las expectativas, de intentar lo imposible, lo que nadie nunca soñaría. La palabra podría ser permanecer. En la historia. 

Poulidor y Van der Poel tenían una misma obsesión, que fue y es llegar primeros, ganar. Mathieu lo lleva a rajatabla, pese a que no sólo le vale ganar, sino que intenta hacerlo de forma aplastante, dejando su impronta y un sello que pocos corredores pueden igualar. Pou-Pou también tenía ese instinto vencedor, aunque tuvo un problema: Anquetil. El quíntuple ganador del Tour le dijo en el hospital ante la visita de su gran rival que hasta en el viaje a la muerte iba a quedar detrás de él. Coexistir con una leyenda es difícil porque por pura lógica, sólo gana uno y lo normal es que sea tu rival. Ahí Poulidor contó con muy mala suerte. Después intentó aprovechar sus armas para batir al imbatible, sin éxito. Ni un día de amarillo, ni un Tour ganado. Aunque amasó un palmarés auténticamente envidiable. Y una fama que quizá jamás habría logrado de haber ganado más. 

Esa conexión abuelo-nieto aporta un plus. Un grado de memoria, de determinación, de conocer que la otra persona te está viendo y soplando a favor para que tus pedaladas sean más hirientes para los contrincantes. Todo por una foto, un espacio en la leyenda. Van der Poel ya tiene la suya al haber logrado lo que Raymond no pudo. Poulidor a su vez tiene fotos de leyenda como aquel ascenso a la Puy de Dome donde no quiso ponerse a rueda de Jacques y optó por subir en paralelo al maillot amarillo. Un gesto de rebeldía, de poder, de querer ser. Después las posibilidades de cada uno son finitas. Pero la actitud… fue encomiable, digna de ser reconocida. Esa irreverencia, rebeldía ante los patrones pre escritos es una característica común con su abuelo. Inolvidable la etapa que ganó en Tirreno-Adriático atacando a cien kilómetros de meta cuando fácilmente la hubiese ganado en el último kilómetro. Una forma, según él, de combatir el aburrimiento. 

Cuando alguien se sale de lo común, de los patrones que todo el mundo espera, es cuando esa persona se convierte en célebre, en especial, y aparece ese halo de leyenda de la que los abuelos narrarán a sus nietos. Como Raymond hizo con Mathieu. Cuántas de estas historias pasarán agigantadas con el paso de los años. Cuántas protagonizará Van der Poel y en cuántas se rememorará al gran Poulidor, el segundo más primero de la historia. 

Escrito por: Jorge Matesanz (@jorge_matesanz)
Foto: Sirotti

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