Carreras Opinión

Volver a volver a la Vuelta

La Vuelta a España no es solo lo que se ve por televisión (y menos mal, porque la realización sigue bajando de nivel y privándonos de demasiadas cosas). Cuando tienes la suerte de estar cerca, de ver cómo el gigante se mueve con sus múltiples brazos y cómo intenta acoger a tantos que se acercan a sus lomos, la perspectiva cambia. Un año más, y con este son ya cinco, hemos podido disfrutar junto al fotógrafo y amigo Álvaro Campo de algunas etapas de nuestra gran Vuelta. Lejos de las crónicas habituales, me gustaría compartir a modo de diario algunas impresiones de lo que es una semana a la vera de la serpiente multicolor.

En Santa Cruz de Bezana, localidad que desprende aroma a verano y a mar Cantábrico, iniciamos nuestra semana. El sol nos recibía en un final que apuntaba a volata y que cumplió lo esperado pese a los esfuerzos de un UAE Team que dio lustre a la etapa con su espíritu inconformista. Para la organización no hay meta fácil. Casi podría parecer un sueño tener una zona de meta rodeada de amplias explanadas en las que situar aparcamientos, patrocinadores, logística… Además, junto a un polideportivo en el que instalar la sala de prensa. Sin embargo, campo abierto supone muchas vías de acceso y voluntarios y seguridad se las ven y se las desean para controlar a los que hacen equilibrios en lo alto de un puente para estar cerca de los ciclistas, o para convencer al vecino que debe dar un rodeo más largo del de su día a día para llegar a la playa. Mientras tanto, un Óscar Freire fiel a su fama de despistado busca sin mucho rumbo la cabina de Eurosport para saludar a Javier Ares; y el presidente regional Miguel Ángel Revilla se da su habitual baño de masas antes de regalar chascarrillos y anécdotas a la audiencia en el merecido homenaje al exciclista Ventura Díaz.

Se suele decir que tras la tormenta llega la calma, pero en este caso el orden de los factores sí altera el producto. Cantabria despide a la Vuelta en esa Unquera en la que las corbatas no se visten, se comen. Toca ir en busca de la leyenda de los Lagos de Covadonga, la cima a la que la Vuelta nunca deja de volver. Por fin cumpliendo la reivindicación de tantos, buscando dureza y movimiento previo. Y el clima asturiano sabe cuándo toca bañar la escena para darle aún más aliciente a la epopeya. La niebla y la lluvia adornan una de las más grandes jornadas de ciclismo que recuerda la última década. Mientras, en las trincheras se trabaja a destajo. Llegar a un Parque Nacional supone muchas precauciones. Desplazar al contingente en autobuses, evitando el exceso de vehículos, complica mucho las cosas. Un gigante metálico tiene que sortear curvas y recurvas, caminantes y animosos cicloturistas, para llegar a la cima a paso lento y seguro. Toca armarse de paciencia, y sobre todo de empatía, para valorar el esfuerzo organizativo. Bernal y Roglic elevan a los cielos su talla de campeones. La espera de los héroes se hace larga en la sala de prensa. Unos la superan dando buena cuenta de un catering digno de la tierra asturiana, y que despierta admiración y sorpresa entre los compañeros de allende los Pirineos. Otros se ponen más trascendentales susurrando sus miserias a las vacas cercanas, que, acostumbradas al ir y venir de seres humanos aguantan, estoicas, los secretos, selfies y atenciones. Robert Redford no imaginaba tener competencia con «el hombre que susurraba a las terneras».

Si difícil es un final en los Lagos, qué será del temido y esperado Gamoniteiru, ese final imposible que por fin abría sus puertas al ciclismo de competición. En la salida de la medieval Salas, puerta del Occidente asturiano y lugar privilegiado, se nota que es un día especial. Sorteamos vallas imaginarias para ver de cerca cómo en Movistar se ha reunido la plana mayor. Los Chente, Lastras o Vila saludan al jefe Eusebio y al presidente de Telefónica Álvarez-Pallete. Hoy vienen los capos y no hay lugar a las medias tintas. Supermán se pondrá la capa para volar entre la niebla, inaugurando otra cima mítica como hiciera el Chava tiempo atrás en el vecino Angliru. Ni siquiera Egan Bernal, que se paraba a saludar al corrillo directivo del equipo azulón, podría imaginar que las sonrisas de un jueves tornarían en drama dos días después. Ajenos a lo que pasaría en el desenlace de la etapa, asistíamos incrédulos al trabajo hercúleo de Policía y Guardia Civil para poner orden al caos circulatorio que se agolpaba en lo alto de la Cobertoria. Resultaba muy difícil de imaginar que minutos después pudiera pasar la caravana ciclista sin que se produjera el más grande de los caos. Pero los milagros solo ocurren cuando las cosas se hacen bien, y en este caso el éxito fue rotundo. Un puerto mágico, un lugar de esos en los que estar en la cuneta al paso de los ciclistas produce emociones únicas e irrepetibles. Enardecidos por la belleza del lugar, todos nos dejábamos la voz animando a una hilera de campeones que luchaban contra las rampas del coloso. Gritos que subían de intensidad con los corredores de casa, y más aún con un Ángel Madrazo que reventaba vatios esprintando en el último kilómetro. Parecía por un momento que el «Gorrión» se había convertido en quebrantahuesos.

La traca final la reservaba una Galicia que volvió a demostrar que se vuelca con el visitante. Antes había que dejar atrás la surfera Tapia de Casariego y bordear el bello estuario de la ría del Eo y los impresionantes Oscos camino de Monforte de Lemos. Paisajes que enamoran, como cada uno de los lugares por los que nuestra Vuelta a España decide adentrarse.

El sábado dejaron jugar a Óscar Pereiro, que si ya había escrito leyendas a pedales camino de Pau, esta vez las trazó en un mapa dando lugar a un recorrido digno de las clásicas que nos hacen vibrar mirando más al norte y soñando si algún día pudiéramos verlas en casa. Un día que empezaba en Sanxenxo, al calor de «Galifornia» y con aficionados ilustres a pie de calle, como el enorme entrenador balompédico Víctor Fernández. Como el propio perfil del día, una etapa que tuvo de todo. Vimos campeones sin corona como un Egan Bernal que encandila en la victoria y la derrota; luchadores entronados como Clément Champoussin o Mikel Bizkarra; situaciones dignas de la ficción como el bloqueo mental y retirada de un Miguel Ángel López que nos daba la de cal después de la de arena. Euforia en las rampas finales de Castro de Erville, entre la polvareda de sus caminos y el trabajo, de nuevo ingente de los voluntarios para garantizar el flujo de personas y vehículos.

El domingo se acababa una Vuelta que, pese a lo irregular de su arranque debe reafirmarse con éxito en su idea de crecer cada año. Un diseño de recorrido fabuloso que los ciclistas se encargaron de dignificar tarde, pero a lo grande. Y un fin de fiesta incomparable, con una plaza del Obradoiro majestuosa abarrotada de aficionados, turistas y peregrinos. Santiago de Compostela lucía imponente bajo un calor de justicia. De justicia como la de ver a Primoz Roglic en todo lo alto. Un campeón grande que hace aún más grande a nuestra carrera. Un ciclista ambicioso que cada año va regalando admiración recíproca por la prueba en la que ha decidido hacerse mito. Un esloveno al que tildaban de frío pero que muestra simpatía, profesionalidad y respeto allá donde compite. Primoz se divierte en la Vuelta, y la Vuelta se divierte con Primoz. Quizás para redondear el marco habría sido deseable que los trofeos se correspondieran con el nivel del entorno, pues ahí faltó la creatividad y buen gusto que sí vimos en otros aspectos.

El regreso a la realidad es duro. Siempre deja nostalgia, cansancio y, por qué no decirlo, cierta pereza. Pero, sobre todo, ganas de que llegue una nueva edición. De ilusionarnos con el recorrido, de comenzar a hacer planes y buscar sitios donde ver las etapas. De enfadarnos, emocionarnos o entusiasmarnos con el resultado de cada jornada. Eso vendrá pronto. Ahora queda, a riesgo de repetirse, agradecer a todo el equipo humano de la Vuelta a España su enorme trabajo y, en lo que a nosotros nos toca más de cerca, al departamento de prensa por su atención, entrega y buen hacer. Javier Guillén es la cabeza visible de un equipo que ha logrado darle esplendor a nuestra gran vuelta, que se puede sentar en la mesa de Giro y Tour con orgullo y sin complejos. Y el mérito es de cada una de las personas que aportan su granito de arena para seguir impulsando la Vuelta a España.

Ojalá que el ritmo no pare (y que se elijan sintonías tan buenas como la de la M.O.D.A. de esta edición y no como la que sirve de inicio de este párrafo). Ojalá que las burbujas, mascarillas y pandemias se acaben pronto y el ciclismo pueda acercarse de nuevo a los aficionados, sobre todos a los más pequeños. Que ellos puedan soñar y disfrutar cerca de sus ídolos como pudimos hacerlo nosotros. «Jamás pensamos en ser nada más que jóvenes».

Escrito por: Víctor Díaz Gavito (@VictorGavito)
Fotos: @ACampoPhoto

Una respuesta

  1. Gracias Victor por tu relato, es un placer ver lo bien que sabes trasmitir a nosotros, tus lectores, las emociones que encierra este bello deporte.

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